viernes, 22 de enero de 2016

¿Qué pasa cuando los adultos de la pareja tienen diferentes estilos de crianza?

Foto: She Knows

¿Qué pasa cuando los adultos de la pareja tienen diferentes estilos de crianza? ¿Qué pasa cuando ante un mismo hecho su reacción es totalmente opuesta? ¿Hay modo de conciliar? ¿Podemos evitar entrar en conflicto permanente por cuestiones referidas a la crianza de los hijos?

Se trata de un problema sin duda muy sensible que afecta a miles de hogares y por el cual decidimos consultar a Mariela Cacciola, Psicóloga especializada en Primera Infancia y Crianza.

Mariela, ¿qué pasa cuando los adultos tienen diferentes estilos parentales frente a la crianza de los niños? Es un tema muy recurrente en las consultas que llegan a nuestra página y a nuestro grupo de Facebook. 
MC: Es un muy buen tema para pensar. Surge en todos los talleres. Los diferentes modos de crianza en la pareja. Que inevitablemente están en relación a los modos en los que cada uno fue criado y en la capacidad de cada uno de cuestionarse y no simplemente repetir el modo. El modo de crianza propio está tan arraigado que hace que no sea simple modificarlo a quien no esté dispuesto a hacerlo. Es inevitable que esto traiga conflictos en la pareja, no solo si fueron criados diferentes sino cuando uno sí está dispuesto al cambio y el otro no.

¿Y cómo encontramos un equilibrio?
MC: Para resolver esto en principio debemos apostar a la comunicación, poder conversar, reflexionar juntos que es lo que quieren para sus hijos y su familia. Poder establecer ciertos criterios y ponerse de acuerdo. Esto es lo fundamental, el diálogo. Pero si esto no ocurre, algo que siempre menciono en los talleres es que los chicos van aprendiendo los modos de cada uno y que pueden hacer con cada uno. Muchas veces nos han trasmitido que tenemos que tener un único criterio frente a ellos. Que mamá y papá se tiene que poner de acuerdo, y “bajar una sola línea”. Obviamente esto es lo ideal en ciertos temas pero no en todos.

¿Entonces cómo procedemos ante un tema en el cual no logramos ponernos de acuerdo?
MC: Lo fundamental es cuando están ambos juntos frente al niño no desautorizar al otro. A veces no se ponen de acuerdo, cada uno tiene sus propios criterios, mamá, papá, la abuela o la señorita en el jardín, se diferencian en sus modos y permisos. Ellos van a aprendiendo que pueden hacer con cada uno y que no. Ellos van aprendiendo la modalidad de cada uno. Si es necesario se le puede aclarar, mamá te deja hacer esto, papá no, o al revés. Ellos aprenden, supongamos que mamá es más respetuosa y da explicación a cada cosa que hacen, y papá no, simplemente dice no y no explica más, ellos van a asimilar esas diferencias y sabrán que esperar de cada uno. Esto más para lo cotidiano, reitero, que en las cuestiones más importantes lo ideal es poder ponerse de acuerdo, tanto para el beneficio de los niños como para la pareja.

¿Y si notamos que las diferencias son irreconciliables?
MC: Si no se pueden escuchar ni conciliar, consultar con alguien que pueda generar un espacio para que puedan escucharse y llegar a un acuerdo.

¡Muchas gracias Mariela!

Las palabras claves, entonces, parecen ser dialogar, escuchar, conciliar, respetar, cuestionar. ¿Nos cuestionamos lo suficientemente a menudo el modo en que fuimos criados? No dudemos del cariño y dedicación de nuestros padres, pero sí permitámosnos reconocer que hoy día la información es mayor y el avance de las neurociencias ha modificado algunas creencias antiguamente muy arraigadas.

Dediquemos tiempo a conversar entre adultos, a leer juntos y escucharnos. Y si las diferencias nos acorralan, pidamos ayuda. Ayuda profesional, quizás, o simplemente apoyo en otros padres y madres que buscan encontrar ese equilibrio y esa paz tan necesaria. Porque la paz la construimos entre todos, desde el hogar.

Lic. Mariela Cacciola (MN 34.904)
Lic. en Psicología (UBA). Formación en Psicología Perinatal con Ibone Olza (Terra Mater España) y Alicia Oiberman (UBA). Capacitada en Primera Infancia y Crianza. Coordinadora del espacio Dulce Crianza. Atención clínica a niños y adultos. Orientación a madres y padres. Asesoramiento a instituciones escolares de nivel inicial y primario. Consultorio en Villa Devoto (CABA) y atención mediante Videollamada (Skype).
Teléfono de contacto: (5411)-5954-9790. Correo electrónico: dulcecrianza@gmail.com

martes, 8 de diciembre de 2015

La buena crianza: entre sostener y soltar

Foto: Kambrosis

Últimamente me desvelo pensando en este tema. Será que leo tantos comentarios preocupados de padres y madres falsamente acusados de malcriar. ¿Por qué será que nuestra sociedad tiene tantos problemas con el contacto físico? Se me ocurren algunas respuestas, pero eso es tema para otro post.

Muchas veces dije esto de que la crianza es un permanente equilibrio entre sostener y soltar.

Si hablamos de un bebé recién nacido el sostén será prácticamente 24 horas (mal que le pese a algunas personas), pero a medida que pasan los meses y los años indefectiblemente tenemos que aprender a soltar. Y acá no puedo evitar acordarme de ese poema precioso de Khalil Gibran: Tus hijos no son tus hijos.  
 
Soltarlos implica confianza en ellos y en nosotros mismos. Creer que hicimos las cosas lo suficientemente bien como para poder darles esa merecida autonomía.
 
También incluye no estar continuamente dando órdenes como un militar frustrado (sobre este tema voy a escribir muy pronto).

Pero qué difícil es a veces, ¿no? La autoexigencia, las opiniones ajenas, las dudas existenciales, los miedos irracionales, la propia experiencia y tantos otros fantasmas que se infiltran de algún modo en nuestras cabezas sin ser bienvenidos.

Soltar significa entender que nuestros hijos son libres. Que han venido al mundo a ser ellos mismos y no una parte de nadie ni nada. Que podemos legarles raíces pero sin olvidarnos de respetar sus alas.

Sostener y soltar. Tan sencillo y tan complejo. Para que sean libres de volar pero también de volver, sabiendo que vamos a estar ahí, incondicionalmente.

viernes, 6 de noviembre de 2015

S.O.S. ¡Mi nene no me come!

Fuente de la foto
 
Si hay un tema complicado (además del sueño) respecto a la primera infancia es... ¡la comida! ¿Cuántas cosas se entrecruzan en el simple acto de comer, no creen? Cuestiones personales, costumbres familiares, creencias culturales, algunos mitos...
 
La realidad es que la comida desvela a más de una madre o padre. Y es el caso de mi familia en estos momentos.
 
Hay una cierta instancia en la cual casi todos los niños comienzan a comer menos. A veces al año, a veces a los dos años. Mi hijo en particular comió siempre un montón. No sólo mucho, sino también variado. Yo era de esas personas que aseguraba con carácter marcial que si el niño tiene a disposición variedad de alimentos desde pequeño entonces siempre comerá de todo. Já. Grave error.
 
¿Saben qué? Nada de eso es cierto. De un día para otro Octavio dejó de comer miles de cosas. Vegetales, frutas, carnes. Las opciones estaban ahí sobre la mesa. Nadie le insistía. Cocinábamos y comprábamos todo juntos. Siempre comió solo. Pero no hubo caso. De la noche a la mañana me encontré diciendo el trístemente célebre "mi nene no come nada".
 
Y acá es donde volví a releer un libro que ha salvado la salud mental de más de una familia (añadir en este paréntesis risas): Mi niño no me come, del pediatra español Carlos González.

Mientras les escribo pienso en tantos padres que en este momento estarán desconcertados, enojados, preocupados... Si sus hijos de pronto sólo comen fideos, arroz, milanesa y alguna que otra cosita... No se pierdan los párrafos más abajo.

Ojalá encuentren un poco de consuelo y se sientan acompañados. Mientras tanto, no dejen de ofrecer opciones, cocinar juntos, hacer de la comida un momento ameno. Y recuerden nunca obligar a comer ni usar la comida como premio o castigo. ¡Cualquier día de estos se sorprenden con que sus hijos empiezan a comer un poco mejor! Y se los digo por experiencia (día a día y sin presiones vamos incorporando nuevos alimentos). 

Los dejo con las palabras de Carlos González.
 
"Uno de los mayores mitos en torno a la nutrición es el de que «tienes que comer para hacerte grande». Es decir, mucha gente cree que el crecimiento es consecuencia de la alimentación. No es así. Sólo en casos de auténtica desnutrición llega el crecimiento a verse afectado. En realidad, no crecemos porque hemos comido, sino que comemos porque estamos creciendo."

"El niño de uno a seis años, que crece lentamente, come proporcionalmente menos que el de seis meses o el de doce años, que está en un periodo de rápido crecimiento. "

"¿Por qué no quieren verdura? (...) Los niños pequeños tienen el estómago más pequeño todavía. Necesitan comidas concentradas, con muchas calorías en poco volumen. (...) Si se les deja tranquilos, los niños pequeños no suelen tener una repugnancia absoluta por las verduras. No es un problema de sabor."

"¿Hasta cuándo siguen los niños sin comer? La situación suele ser transitoria. En efecto, muchos niños, hacia los cinco o siete años, al aumentar su tamaño corporal,
empiezan a comer algo más que antes."

"Jamás hay que obligar a comer a un niño; entre otras cosas porque, cuanto más se les obliga, menos comen."

"Muchas veces nos han dicho que es imprescindible acostumbrar a los niños a tomar una variedad de alimentos desde bien pequeños, porque si no luego se negarán a tomarlos y serán unos caprichosos. No es cierto."
 
*****
 
¿Y ustedes? ¿Cómo llevan adelante el tema de las comidas en casa?

viernes, 23 de octubre de 2015

10 necesidades básicas de los niños. Por Justine Mol.

Foto: Kambrosis

Este texto es un extracto adaptado del libro Crecer con confianza, de Justine Mol, instructora internacional de comunicación no violenta y madre.

¿Cuáles son las necesidades básicas de nuestros hijos?

1. La necesidad de seguridad: Los niños se sienten seguros cuando saben que sus padres los aman incondicionalmente.

2. La necesidad de autonomía: A los niños les gusta aprender cosas de los adultos, pero sólo cuando ellos quieren. Y también les gusta hacerlo a su manera.

3. La necesidad de autenticidad: Cada niño es único y busca formas de aprender y desarrollarse que encajen con él.

4. La necesidad de reconocimiento: A los adultos nos gusta que nos tengan en cuenta y que nos tomen en serio, y a los niños también.

5. La necesidad de respeto: A los niños les gusta que se respete su autonomía y autenticidad. El respeto no significa dejar que alguien haga siempre lo que se le antoje, sino tener en cuenta a esta persona.

6. La necesidad de empatía: Empatiza con tu hijo escuchándolo con amor, teniéndolo en cuenta y comprendiéndolo. Pero hazlo sin juzgar ni comparar con otras personas.

7. La necesidad de igualdad: Los niños son capaces de descubrir por sí mismos sus cualidades y cómo desean desarrollarlas. Los adultos tenemos que bajar del pedestal y comunicarnos con nuestros hijos de igual a igual.

8. La necesidad de una atención cariñosa: Los niños ansían que sus padres los amen incondicionalmente, hagan lo que hagan. No se conforman con recibir una atención cariñosa cuando han hecho algo bien a nuestros ojos. "Quiéreme cuando menos lo merezca, será cuando más lo necesite".

9. La necesidad de jugar y aprender: A los niños les gusta experimentar y estarán más preparado a hacerlo en los límites que les fijemos si están acostumbrados a que nosotros respetemos los suyos.

10. La necesidad de humor y de goce: Los niños, como los adultos, tienden a fijarse más en alguien cuando esta persona les divierte con una broma, un guiño, una riña amistosa, una risa compartida.

¿Qué opinan? ¿Han comprobado alguna de estas necesidades con sus propios hijos o alumnos?

lunes, 28 de septiembre de 2015

Beatriz Janin: "El tiempo que el niño está frente a pantallas es un tiempo de no-juego"


Foto: Mark Pakula's blog

Muchas gracias Beatriz por tu tiempo y por estar presente en Criando Pensamientos. Hoy queremos tratar un tema que nos preocupa a todos los padres y madres: los niños frente a las pantallas. En el último encuentro de Forum Infancias has hecho referencia a este tema y mencionaste que en los medios audiovisuales la imagen prevalece sobre la palabra. ¿En qué afecta esto a los niños?
Los afecta porque si bien las imágenes dan una información importante, son mucho más difíciles de procesar que las palabras. Son inmediatas y su efecto es inmediato. No dan tiempo a metabolizar lo que se ve ni a que se fantasee. Si bien uno puede pensar en imágenes las palabras dan una posibilidad de complejización de la que carecen las imágenes.

¿Qué pasa cuando exponemos a bebés y niños muy pequeños (2 o 3 años) a la televisión, la computadora y demás dispositivos electrónicos? ¿Hay un tiempo máximo recomendado o es mejor evitarlos por completo?
El problema es cuando exponemos a niños de menos de dos años, que carecen de palabras para relatar lo que vieron y quedan aturdidos por estímulos muy fuertes. Después, a los dos o tres años, lo mejor es no exponerlos durante demasiado tiempo, eligiendo qué es lo que ven y acompañándolos. Es diferente que un adulto esté con ellos cuando miran un programa a dejarlos solos, porque si hay un adulto el niño podrá preguntar, el adulto le puede explicar lo que parece complicado para un niño, pueden intercambiar sobre lo que están viendo. También, el tiempo que el niño está frente a pantallas es un tiempo de no-juego, cuando para un niño su actividad fundamental tiene que ser jugar. Es a través del juego, sobre todo dramático, que el niño puede elaborar las situaciones que ha vivido y crear nuevos espacios, nuevos mundos. 

"El tiempo que el niño está frente a pantallas es un tiempo de no-juego, cuando para un niño su actividad fundamental tiene que ser jugar".

En el caso de padres que necesitan de las famosas "niñeras electrónicas" algunas horas al día. ¿Cuál sería tu consejo? ¿Cómo acompañar estos procesos que ahora son tan omnipresentes en casi todos los hogares?
Lo más importante es que las “niñeras electrónicas” no sustituyan a los adultos. El niño necesita de seres humanos con los que intercambiar mensajes, con los que aprender a hablar, a cantar, a jugar.

Desde Criando Pensamientos creemos en reivindicar el juego libre y el tiempo compartido en familia, siempre respetando el tiempo evolutivo de cada niño y su contexto. ¿Es lo mismo que un chico esté solo frente a la pantalla o que comparta una película o dibujito con sus padres y/o hermanos?
Es totalmente diferente. Cuando está solo no puede preguntar a nadie sobre lo que no entiende ni puede comentar con otro lo que está pasando. Tampoco va a poder compartir después lo visto. Por el contrario, cuando se ve una película o un dibujito con otros, hay un tema a conversar, los adultos pueden relatarle al niño lo que vieron, que muchas veces es algo que él solo no puede ligar ni entender y esto puede ayudarlo a procesar esos estímulos.

"Lo más importante es que las “niñeras electrónicas” no sustituyan a los adultos. El niño necesita de seres humanos con los que intercambiar".

¿Cómo capitalizamos los medios electrónicos a favor de la educación y el aprendizaje de nuestros hijos? ¿Es posible?
Es posible si los acompañamos en los descubrimientos, si conversamos con él lo que va viendo y si no usamos las pantallas como modo de desconexión.

¿Quisieras añadir algo más?
Que muchas de las dificultades con las que nos encontramos hoy en día en algunos niños, como las dificultades en la adquisión del lenguaje, parecen estar ligadas a este predominio de aparatos y la desconexión de los adultos, que también están absorbidos por las pantallas y los múltiples requerimientos de la vida actual. Otra consecuencia es el predominio de niños hiperactivos y desatentos, que llegan a la escuela acostumbrados a estímulos fuertes, visuales y se encuentran con otro tipo de estímulos a los que les cuesta adaptarse.

Muchas gracias de nuevo por tu tiempo y reflexiones. 


Beatriz Janin es Licenciada en Psicología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (año 1971). Directora de las Carreras de Especialización en Psicoanálisis con Niños y en Psicoanálisis con Adolescentes de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales. Directora de la revista Cuestiones de Infancia.

Ha publicado numerosos artículos sobre clínica psicoanalítica con niños y adolescentes y sobre psicopatología infanto-juvenil en revistas especializadas de Argentina, España, Francia, Brasil e Italia.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Por qué deberíamos dejar de hablar de "crianza con apego"

Foto: Kambrosis

Nunca me gustó el concepto de "crianza con apego". Primero, y principal, porque es confuso e inexacto. Segundo porque la mayoría de las veces parece asociarse a la trilogía teta-porteo-colecho lo cual excluye a muchísimas familias y genera controversias, burlas y discusiones eternas que suman muy poco (creo yo).

Para redactar este post me apoyo en las enseñanzas del psicólogo clínico infantil Alvaro Pallamares, director del Centro de Intervención Temprana (con sedes en Chile, Argentina y México). He tomado una formación presencial con él acerca de Teoría del Apego e Intervención Temprana y sigo sus escritos hace mucho tiempo. Si quieren saber más pueden leer su Blog Psicología infantil o su página en Facebook

Como bien dice Alvaro, "el apego es una estrategia evolutiva de supervivencia". Se han hecho experimentos incluso en primates para poder realizar esta afirmación. Salvo extremos casos, no existe ser humano criado "sin apego". Todos necesitamos del apego para sobrevivir, es más importante aun que el alimento. Por esta razón hablar de "crianza con apego" no dice demasiado.

La teoría del vínculo del apego tiene sus orígenes en Bowlby y Ainsworth (sólo mencionaré los autores, no deseo hacer un post extremadamente teórico) y resumiendo bastante podríamos decir que el apego puede ser seguro o inseguro y que es la base que organiza los vínculos y la salud mental de las personas para toda su vida.

El apego seguro tiene que ver con el sentido de pertenencia y con sentirse amado. Todo ser humano merece venir al mundo y saberse amado, ¿no creen?

Hoy con la ayuda de las neurociencias la teoría del apego tiene fuerte asidero y se ha convertido en el único estudio longitudinal y transcultural de este tipo. Por lo cual, sus bases científicas son fuertes y fehacientes.

¿Qué significa, entonces, el apego seguro?

Pallamares afirma que "el apego seguro, no alude netamente al niño que no llora con la separación, sino que corresponde más precisamente al que mejor y más rápido se calma en el reencuentro con su cuidador." Es el lenguaje emocional del niño y es esta seguridad la que le permite tener estrategias antes las diferentes situaciones. Es un complejo entramado que, además, lo ayuda a regularse ante los estímulos y, especialmente, frente al estrés.

El apego seguro da confianza y seguridad. Permite al bebé y al niño pequeño explorar el mundo con tranquilidad. La sola presencia de sus figuras de apego lo regula.

¿Y cómo logramos el apego seguro?

Hay dos determinantes para el apego seguro (y nada tienen que ver con dónde duerme el bebé ni con su forma de alimentación). "La investigación ha mostrado que son dos las variables más determinantes que propician un vínculo de apego seguro, la sensibilidad parental, es decir, la capacidad de detectar y responder a las señales del bebé oportuna y efectivamente, y la capacidad de los cuidadores de pensar al bebé en términos de estados mentales, es decir por ejemplo intenciones, deseos, pensamientos y emociones, de la observación del los gestos, señas y reacciones del bebé."

Es decir, basta con responder a las necesidades de nuestros hijos oportunamente y estar atentos a sus señales. Esto es la base de una crianza respetuosa. Si para lograr esto nos queda más cómodo portear, colechar o lo que fuere, ¡bienvenido sea! Pero no creamos tener la verdad sólo por tildar casilleros o cumplir con ciertas pautas.

Lo que realmente importa es estar ahí para ellos, entenderlos en sus propios términos, responder a sus necesidades, saber escuchar, no subestimarlos, amarlos incondicionalmente, y comprender que son sujetos y como sujetos merecen respeto. Hacerles saber en todo momento que sin importar las circunstancias ellos y ellas tendrán nuestro apoyo y amor. Si seguimos estos preceptos podremos equivocarnos en pequeñas cosas, pero les daremos una base emocional fundamental para el resto de su vida.

"Velemos por lograr interacciones
que generen seguridad, confianza, intimidad, aceptación y alegría.
No miedo."
Alvaro Pallamares

lunes, 24 de agosto de 2015

¿Las madres no tenemos derecho a sentir?


Foto: Kambrosis

Como doula tengo el privilegio de acompañar mujeres en sus maternidades. Embarazos, partos, puerperios, lactancias y crianzas. Todas experiencias distintas. Todas vivencias significativas.

Esta semana me encuentra contrariada. Dos historias totalmente distintas que me enfrentan a una pregunta incómoda. ¿Las madres no tenemos derecho a sentir?

Una mujer que se dice "tonta" por no haber sanado una probable (inne)cesárea. Que meses después todavía no puede poner en palabras tantos recuerdos confusos y una pila de emociones contradictorias. Se siente sola, incomprendida, torpe, anormal. "Hay que estar feliz". "Hay que agradecer que el bebé es sanito". "Hay que seguir adelante".

Otra mujer llora sin control cuando descubre que perdió un embarazo de pocas semanas. Sólo sabe que le duele. Del otro lado encuentra miradas pedantes, frases vacías y la horrible sensación de estar haciendo todo mal. "Qué suerte que fue ahora". "Pensá en tus otros hijos". "Mejor antes que después".

Y el vacío.

La espantosa y desoladora certeza de no encajar.

De soledad.

¿Las madres no tenemos permiso para llorar?

¿Las madres no podemos sufrir?

¿Quién puede decirle a otro ser humano qué sentir?

¿Quién puede ser tan soberbio de creer que tiene derecho sobre las emociones de otra persona?

Si alguien sufre por una causa que me parece menor... ¿entonces ese sufrimiento vale menos? ¿Esas lágrimas son menos amargas? ¿Ese dolor es menos devastador?

Pareciera que las madres no tenemos derecho. Que la rueda debe seguir girando a cualquier precio. Pero no.

Las mujeres madres también sufrimos. 

Que se enteren los ecografistas indiferentes, las eminencias médicas, los vecinos metidos, los amigos bienintencionados y también la familia.

Se puede sufrir por un parto violento aunque hayan pasado años. Se puede llorar una pérdida de 10 semanas aunque nos hayamos enterado ayer. Se puede odiar estar embarazada aunque sea nuestro mayor deseo.

Todas las emociones valen. Y necesitan reconocimiento y apoyo. Una sociedad que descuida a sus madres es una sociedad destinada a la violencia y al desamor.

¿Esa es la sociedad que queremos?