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jueves, 2 de marzo de 2017

La empatía está en las pequeñas cosas


Es tarde. Estamos llegando tardísimo a la colonia. Son las 9 y 20 y corremos. Mochila: lista. Desayuno: listo. Repelente: listo. Todo está dentro de los límites de lo predecible hasta que mi hijo de 4 años lanza una pregunta fatal: "¿Dónde está mi pokebola?". Ah, porque sin la pokebola, nada. 

Corro por toda la casa como esos videos a los que les aumentaron la velocidad. ¿Dónde está la bendita pokebola? Busco en los cajones, en la cocina, hasta en mi cartera. Nada. No aparece. Es tarde. Es todavía más tarde que antes. El padre osa sugerir otro juguete. Quienes tengan niños de estas edades saben muy bien que esa NO ES UNA OPCIÓN VIABLE BAJO NINGÚN CONCEPTO.

Estoy a punto de enojarme. ¡Es un juguete! ¿No puede llevar otro juguete? ¿No puede ir sin juguetes? Respiro. Estoy pensando como adulta, y no sirve. Respiro de nuevo. Yo sé qué es importante aunque no termino de entender bien el por qué. Sí, una bola roja de plástico puede ser de suma importancia a los 4. Casi como el color del vaso o la forma en que está cortado el borde del sándwich (¿les suena?).

Respiro por tercera vez y dejo ir el enojo. Pienso. Me acuerdo. La encuentro. Entonces salimos: Octavio, la pokebola y yo. Tarde, tardísimo.

Llegamos, me dice un "chau" sonriente y lo veo correr hacia el grupo. Varios nenes se le acercan, lo saludan y todos se sientan en ronda, intercambiando sus tesoros. Sus caras de dormidos se iluminan. Y de repente lo entiendo. La pokebola es una llave. Una forma sencilla de quebrar el hielo de la mañana. La excusa perfecta para socializar, conversar, compartir. No es un juguete. ¡Es mucho más que eso! Se me escapa una lágrima y apuro el paso.

Pensar que casi salgo sin nada, ¡cómo me hubiera equivocado! A los 4 el mundo es muy diferente que a los 34, pasa que una se olvida. Me escribo una nota mental a mí misma: la empatía está en las pequeñas cosas. Nunca sabemos cuán importante es algo para alguien. La próxima trataré de no olvidarme con tanta facilidad.

miércoles, 10 de agosto de 2016

¿Cómo nos comunicamos con los chicos? 4 claves para hacerlo mejor


Hace un tiempo que me inquieta el modo en que nos comunicamos familiarmente, en especial con los más chicos. Es bastante común agotar el recurso del grito al primer conflicto (me incluyo) y es algo que quisiera desterrar para siempre del repertorio cotidiano.

Estoy convencida de que la paz comienza en casa aunque tantas veces sea difícil mantener el centro; y sé que esto le pasa a la mayoría de los padres y madres.

Este post es una forma de reafirmar mi apuesta a comunicarnos de manera empática. Lograrlo depende, muchas veces, de desaprender viejas costumbres y redefinir nuestro rol en el día a día.

¿Cómo nos comunicamos mejor?

La comunicación es compleja. No sólo se basa en lo que decimos sino en cómo lo decimos, en el contexto y en tantas otras variables. Hoy propongo prestar atención a, al menos, estos 4 grandes aspectos:

1. Las palabras: El más obvio de los elementos a la hora de comunicarnos. Las palabras que elegimos la mayor parte del tiempo construyen nuestras relaciones y pueden cambiar por completo nuestra manera de vincularnos. ¿Estamos eligiendo las palabras adecuadas a la edad de nuestro interlocutor? ¿Necesita él o ella un sermón o más bien sólo una palabra de aliento, un mimo o ser escuchado? Los chicos nos escuchan con más facilidad cuando elegimos palabras simples y no abusamos de ellas. Acá, casi siempre, aplica la regla que indica "menos es más".

2. El tono de voz: ¿Cuántas veces nos enojamos con otro adulto porque dijo algo con soberbia o en forma de burla? La comunicación trasciende las simples palabras y el tono que las acompaña puede cambiar su sentido por completo. Lo podemos hacer sin darnos cuenta, pero un tono de voz incorrecto puede herir sentimientos, provocar ira y muchos otros efectos indeseados.

3. El lenguaje corporal: ¡Qué difícil ser conscientes del lenguaje corporal todo el tiempo! El lenguaje no verbal incluye la distancia, los gestos, la postura corporal, la mirada y tantos detalles como querramos buscar. Cuando hablamos de niños siempre es bueno recordar lo básico: ponernos a su altura y hacer una escucha activa (mirándolos a los ojos, sin distracciones, con disposición). Hoy día los celulares y demás dispositivos electrónicos se roban nuestra atención, tratemos de minimizar su impacto.

4. El volumen: Y, a lo último, lo más complicado. Parecería que la parentalidad viene asociada al grito. ¿No les parece? Desde un llamado, hasta un pedido y (claro) un reto... Los gritos se adueñan de nuestras casas y crean un clima de tensión innecesario. ¿Y si elegimos cambiarlo? Mantener un volumen de conversación no tan elevado sería el primer paso. También hablar con tranquilidad y sentarnos a conversar amigablemente aún cuando estemos enojados.

Como solemos decir en nuestros talleres de crianza: "Nadie puede dar lo que no tiene". La buena comunicación comienza con un adulto regulado emocional y físicamente. Esto no siempre es posible. El cansancio y el ritmo de vida suelen ser nuestros grandes enemigos. Si sentimos que nos sobrepasa podemos buscar aliados: pedir ayuda, hacer catarsis con amigos y hasta consultar a un terapeuta de familias. Yo creo que vale la pena. ¿Y ustedes?

martes, 10 de mayo de 2016

10 pautas para criar a un niño pequeño


Sobre crianza hay mucho escrito. Trato de leer bastante, anotar cosas, discutirlas, pensarlas. Hay muchas teorías opuestas y complementarias, incluso algunas terminan siendo “adiestramientos” disfrazados.
Cuando mi hijo tenía 2 años pensé estas 10 pautas sobre crianza. Las seguí, las sigo y me han traído grandes satisfacciones. Hoy las comparto con ustedes.
1. Limitemos el uso del NO. Como dice Carlos González, quien más autoridad tiene, menos prohíbe. Limitando el uso del “no” logramos mayor efectividad y nos obligamos a buscar otros recursos. Además, es una palabra demasiado abstracta para esta edad y, por lo tanto, innecesaria en muchas ocasiones. Busquemos como decir NO de uan manera positiva. En lugar de "no se toca el televisor" podríamos decir "podés jugar con esta caja, el televisor se rompe". Recordemos también que es fundamental anticipar (avisar con tiempo qué cosas sí se pueden y cuáles no, dónde vamos a ir, etc) y acondicionar los espacios para que sean aptos para que los niños puedan moverse con libertad.
2. Demos más libertades y fomentemos la autonomía. Dar a los niños libertad de movimientos y permitirles hacer cosas por sí mismos es una excelente forma de fomentar su autonomía. Si quieren conocer más sobre el tema libertad de movimiento les recomiendo leer a Emmi Pikler. Acá les dejo un video. Este punto viene de la mano con el anterior, creemos espacios acordes a la edad del niño y estaremos ayudándolo a que pueda desplazarse, correr, jugar, etc.
3. Hablemos siempre con la verdad. Esto no siempre es fácil, pero estoy convencida de que los chicos necesitan que pongamos en palabras la realidad que los rodea. Aun cuando creamos que es demasiado dura o incomprensible. Una muerte, una separación, un mal día. Siempre con palabras que puedan entender y con presencia y paciencia. La confianza se construye todos los días.
4. Pongámonos en su lugar: la empatía. “No hagas al otro lo que no te gusta que te hagan”. Tan simple como eso. Los métodos que no son aceptables entre adultos tampoco lo son para los chicos. Algo que desde nuestra mirada podría parecer insignificante puede ser un mundo para tu hijo. No subestimemos sus emociones y estaremos enseñándole respeto por el otro, amor incondicional y paciencia. Un mundo mejor empieza por cuidarnos entre todos.
5. Compartamos más: que ellos también sean protagonistas. Para los chicos es fundamental sentirse valorados. El sentido de pertenencia es uno de los fundamentos de una buena salud psicológica (por eso los castigos que apartan a los chicos son tan desaconsejados). Es buena idea incluirlos en las tareas domésticas, a modo de juego. Dejemos que cocinen, limpien y "ayuden". Aprovechemos que a edades tempranas esto les divierte y estaremos enseñando habilidades y responsabilidades para el futuro. Compartamos buenos hábitos, como cepillarnos los dientes. No olvidemos que el ejemplo es el mejor modo de influir en ellos.
6. No juzguemos ni etiquetemos. Como dice Dorothy C. Briggs, separemos el comportamiento (y los sentimientos) de la persona. Un mal comportamiento no significa un “nene malo”. Hay que buscar el origen de ese mal comportamiento (el sentimiento que lo provoca) y resolverlo. De este modo nos enfocamos en el futuro y no en el error (pasado). También evitemos etiquetar: “es inquieto”, “es bueno”, “es sociable”. Todas estas etiquetas hacen que la gente se frustre cuando algo se sale del camino.
7. Hablemos siempre con respeto. Para ser personas respetuosas, los chicos necesitan haber sido educados con respeto. No hay mucha ciencia, uno aprende lo que vive. ¿Verdad? Aun cuando estemos en desacuerdo con su comportamiento o necesitemos “retarlo” que sea siempre con respeto y buenos modos.
8. Demostremos cariño incondicional. Algunos pueden pensar que es una obviedad, pero sentirse amado (a pesar de todo) es otro de los pilares de una fuerte autoestima, la base fundante de una persona segura y feliz. El amor se demuestra de muchos modos y tiene que estar presente aún en los peores momentos (por ejemplo, cuando estemos furiosos). Dice Rosa Jové “quiéreme cuando menos lo merezca porque será cuando más lo necesite”.
9. Promovamos la autorregulación (autodisciplina). Esto se logra con tiempo y paciencia, pero ya a esta corta edad se pueden ver resultados y es algo muy inspirador. Les dejo este video de la psicóloga Yolanda González sobre la autorregulación.
10. Escuchemos y seamos flexibles. Observemos, preguntemos, no demos nada por sentado. Conductas que podríamos tildar de "caprichos" de pronto cobran sentido si nos detenemos unos segundos a ver qué está pasando. ¿Qué sentimiento provocó esas palabras o acciones? ¿El niño está cansado y es su forma de expresarlo? ¿Puede ser que esté pidiendo atención de una forma "negativa"? Tengamos la absoluta certeza de que todas las acciones de los niños provienen de necesidades genuinas. A veces la situación puede ser agotadora, claro, pero son pequeñas personas aprendiendo y creciendo. Tengamos paciencia. Somos nosotros los que deberíamos tener millones de recursos. Y si no los tenemos, los aprendemos. El ritmo de vida muchas veces conspira contra esto, pero ser flexibles y aprender de los errores nos ayuda a ser mejores madres y padres cada día.
¿Qué piensan de estas 10 pautas? ¿Cuáles son sus criterios para criar?
Esta es una nueva versión de un antiguo post de mi blog en Infobae.com

¿Por qué es necesario dar explicaciones a los niños?

 
Hoy comparto con ustedes un texto pequeño sobre la importancia de hablar con nuestros niños, decirles siempre la verdad, adelantarnos a las situaciones y jamás irnos sin antes despedirnos. Su autora es la psicóloga argentina Alba Pozo.

“Año 1985. Yo era mamá y psicóloga… ( lo sigo siendo). Hacía ocho años que me había recibido y me estaba especializando en psicoanálisis de niños. Leía a Freud, a Ana Freud, a Melanie Klein, a Lacan, a… Pero con todas estas teorías en mi cabeza, creo que era el corazón, sobre todo, el que me indicaba que había que explicarle TANTAS cosas a esa niñita hermosa de casi tres años, que me miraba con esos ojos inteligentes de uvita chinche. Le explicaba, le anticipaba si me iba a trabajar, si iba a salir , con quién se iba a quedar en mi ausencia. A dónde íbamos si salíamos a pasear, si al doctor, o a la casa de alguien. Ella esperaba, necesitaba, pedía esas explicaciones y entendía todo. Y cuando quería preguntaba y preguntaba…
 
Todos los niños necesitan que se les explique, que se les adelanten las situaciones que van a vivir: ir al médico, a la escuela, a otra casa, a la plaza. Si fallece un familiar o amigo, hay que buscar las palabras, simples, pero ofrecérselas. Hasta si tenemos un mal día y estamos de mal humor podemos explicar y hasta disculparnos, si corresponde. Los niños no son objetos que desplazamos. Son personas y entienden muy bien si somos claros con ellos. Explicar, aclarar, responder preguntas: son otras de las formas del respeto y del amor.”


Alba L. Pozo es Lic. en Psicología (UBA) y cuenta con 38 años años de experiencia en la atención psicológica de familias, parejas, niños, adolescentes y adultos.
Este post perteneció originalmente a mi blog de Infobae.com

domingo, 21 de febrero de 2016

La Comunicación No Violenta aplicada a la crianza


¿Qué es la Comunicación No Violenta (CNV)? La CNV (o comunicación empática) es un modelo de psicología de la comunicación desarrollado por Marshall Rosenberg que tiene como fin lograr que las personas se comuniquen de manera clara y empática, evitando el lenguaje evaluativo que etiqueta en lugar de expresar y entender.

La CNV busca encontrar una manera de que todos los involucrados obtengan lo que es importante para ellos sin recurrir a la culpa, la humillación, la vergüenza, la coerción o las amenazas. Resulta muy útil para resolver conflictos, conectarse con los demás y vivir de una manera más consciente.

Podemos utilizar los principios de la CNV para mejorar la comunicación en cualquier ámbito de nuestras vidas, ¿por qué no tomarlos como base para generar intercambios respetuosos dentro de nuestra familia?


Quisiera destacar 3 puntos clave:
  • En la CNV las necesidades no son caprichos: se trata de identificar las necesidades y las emociones que subyacen a toda acción. Esta cuestión es fundamental como base de la crianza respetuosa y se puede aplicar a las relaciones tanto con los niños como con otros adultos. Validar las necesidades y acciones de los demás nos permite comunicarnos desde la empatía y el respeto, buscando soluciones y dejando de lado discusiones, castigos y otras formas nocivas de relacionarnos.
  • Otra clave: no tratemos de discutir con una persona enojada, sólo escuchémosla. Una vez que hayamos entendido sus sentimientos y necesidades y hayamos mostrado que lo escuchamos sin juzgar, puede que esté listo para escucharnos. Si hablamos de niños muy pequeños a veces simplemente se trata de ponernos a su altura y esperar, u ofrecer un abrazo.
  • La técnica básica es conectarse primero emocionalmente para identificar las necesidades de cada uno, luego buscar una solución. Ir directamente a la resolución del problema casi siempre deja a la persona con el sentimiento de que no fue escuchada.

Entonces, ¿cómo se aplica la CNV? Vamos a centrarnos en sus 4 pasos: observaciones, sentimientos, necesidades y peticiones. 

1. Expresá observaciones (hechos concretos). Buscá que sean verdaderas observaciones objetivas. Por ejemplo, “veo ropa tirada en tu cuarto” es un hecho observado, mientras que “tu cuarto es un chiquero” es una evaluación. Los demás no siempre concuerdan sobre las evaluaciones porque pueden valorar las cosas de manera diferente, pero los hechos concretos proporcionan un terreno común para empezar a hablar.

2. Planteá el sentimiento que este hecho te provoca. Nombrar la emoción sin juzgar te permite conectarte de manera respetuosa y cooperativa. Por ejemplo, “mañana tenés un examen y veo que andás paseando de un lado a otro de la casa (observación), ¿estás nervioso?” o “veo que son las 5 de la mañana y recién llegás a casa, esto me produce miedo". No siempre los sentimientos son fáciles de expresar con palabras, hagamos un esfuerzo de introspección.

3. Formulá la necesidad que produce ese sentimiento. Cuando nuestras necesidades son satisfechas, somos felices, y cuando no, experimentamos frustración. Si logramos identificar el sentimiento es más fácil localizar la necesidad oculta. Por ejemplo, “veo que no me mirás cuando te hablo (observación), me siento incómodo (sentimiento), necesito que me mires para poder conversar (necesidad)". 

4. Hacé una petición concreta para satisfacer esa necesidad. Pedí clara y específicamente lo que querés en este momento, en lugar de ir con rodeos o indicar solamente lo que no querés. Por ejemplo, “no dijiste nada en los últimos 10 minutos (observación), ¿estás aburrido? (sentimiento)." Si la otra persona respondiera que sí, podríamos compartir los propios sentimientos y proponer una acción concreta: “bueno, yo también estoy aburrido, ¿por qué no vamos a la plaza?". Para que la petición sea realmente un pedido (y no una orden) es necesario permitir que la otra persona diga que no y/o proponga otras opciones.

Un ejemplo completo para los cuatro pasos sería: “Veo que... Siento... porque necesito... ¿Por qué no probamos....? O para la otra persona: "Veo que... ¿Sentís que... porque necesitas...? ¿Te gustaría que yo...?

Este simple modelo de comunicación puede ser usado entre adultos y con niños desde muy temprana edad, y es especialmente útil para relacionarnos con adolescentes.

Recordemos lo importante: expresar observaciones, identificar sentimientos y necesidades, escuchar sin juzgar, proponer una solución, nunca recurrir a las amenazas, al miedo, a la coerción ni a juicios que avergüencen al otro.

¿Pensás que podrías aplicar estos principios en tu casa? ¿Ya los conocías? Si tenés dudas dejame tu comentario, escribime a criandopensamientos@gmail.com o contactame a través de Facebook.

miércoles, 17 de febrero de 2016

"Mi hijo no me hace caso": Límites, crianza y obediencia.


Un tema que, sin duda, desvela a padres y madres. Por algún motivo la obediencia infantil en el siglo XXI sigue siendo un gran imperativo y el "hacer caso" una conducta deseable y positiva.

¿Es hora de cambiar de paradigma? ¿Podemos pensar la crianza desde otro ángulo? Sobre este tema consultamos a dos psicólogas argentinas especializadas en infancia y crianza: Ivana Raschkovan y Carolina Mora.

¿Cómo abordamos el tema de los famosos "límites" con los niños?
Carolina: Los límites existen, la realidad por si misma los impone. Es imposible hacer todo lo que queremos, tanto para los niños como para los adultos, el transcurrir mismo nos va presentando distintas situaciones donde se nos impone un límite. Ahora bien, como adultos es nuestra responsabilidad durante la crianza transmitir esos límites, comunicarlos en un lenguaje accesible y acorde a la edad del niño, de forma tal que poco a poco, vayan siendo internalizados.
Ivana: Una de las consultas habituales de los padres en los encuentros de crianza con niños pequeños suele ser la comunicación de los límites. “Le digo que no lo haga, me mira y lo hace igual” es una frase recurrente que muchas veces conduce a interpretar ese comportamiento como rebeldía o desafío. ¿Es así? ¿Se trata de una verdadera desobediencia? El sentido que imprimamos a este comportamiento dependerá de cuál sea nuestra concepción de niño y como entendamos los límites. Los niños necesitan de nuestra guía y orientación para conocer el mundo, para aprender cuáles son los comportamientos socialmente aceptables y cuáles no lo son. Ningún chico nace sabiendo esto, no se trata de un conocimiento innato sino de un saber hacer que se construye a partir de la experiencia. Los padres oficiamos como portavoces de la cultura, somos un pedazo de mundo, representantes para el niño de la sociedad. Y como tales somos los encargados de transmitirles además de amor y cuidado, ciertos límites y comportamientos sociales.
¿Y cómo podemos encarar el tema de otro modo?
Si en lugar de pasivizar al niño lo integramos en este proceso como un sujeto activo en la construcción del límite, veremos que se trata de eso, de algo a construir. Si el adulto se impone por la fuerza sacando provecho de su tamaño e intentando dominar al niño mediante retos y castigos, tal vez consiga cierta obediencia pero a costa de infundir miedo y sometimiento. El niño "hace caso" (si es que lo hace) no porque haya aprendido verdaderamente sino por temor a recibir represalias. Los límites no pueden imponerse ni tampoco un chico puede adquirirlos por sí solo. La construcción de los límites consiste en un proceso interno, trabajoso y duradero, pero que paradójicamente se produce afuera del niño, en el "entre", en el encuentro intersubjetivo con los adultos de referencia. Hablar de los límites no es solamente decir que NO, es matizar, ofrecer condiciones de posibilidad, es construir un entramado espacio-temporal. 

¿Cuáles son los desafíos a la hora de construir estas normas juntos en familia?
Ivana: Creo que uno de los mayores desafíos actualmente para la construcción de los límites es el tiempo que deben pasar muchas mamás y papás fuera de su casa. Para poder favorecer este proceso, se necesita de tiempo compartido, juegos (no hay aprendizaje verdadero en la infancia que no pase necesariamente por el jugar) y por sobre todo mucha paciencia. Hace falta que un otro humano esté presente, disponible; son aprendizajes que no pueden darse frente a una pantalla. Entonces, ¿cómo se construye el límite? Jugando, practicando, insistiendo, hablando pero siempre de manera amable y empática. Basta con decirlo amablemente y repetirlo todas las veces que sea necesario, no hay razón para gritar o castigar. Para aprender algo, es inevitable repetirlo muchas veces. Ni los chicos ni los grandes aprendemos a la primera. Es condición que se repita para poder internalizarlo. Si un niño agarra algo que no debe, el error es nuestro por haberlo dejado a su alcance. Si ya lo agarró, podemos explicarle amablemente que eso no debía estar a su alcance y simplemente lo ponemos en un sitio donde el niño no pueda llegar. Seguido a esto podemos ofrecer otra cosa con la que sí pueda jugar. Desviar su atención hacia otra cosa es como decir: con esto no se puede, pero con esto sí. 
Carolina: ¿Cómo comunicar límites acompañando respetuosamente la frustración que esto provoca en el niño? Este es, en sí mismo, el más grande desafío. Frustración que por un lado, se expresa en el enojo del niño, en la rabia por no poder hacer/tener aquello que desea; por otro lado y no menos importante, la frustración que como padres/cuidadores nos genera el tener que lidiar con el enojo del niño. Como adultos tenemos que aprender a tolerar la frustración de los niños, acompañar sus enojos poniendo en palabras comprensibles y sencillas que a pesar de que la realidad impone un límite, nosotros estamos allí para quererlos y contenerlos. Devolver abrazos donde hay patadas, palabras de cariño donde surgen los gritos, ofrecer la calma donde aparece el desborde les permitirá tomar de nosotros las herramientas para en un futuro, aprender a regular sus emociones de forma autónoma y saludable.  
¿Por qué se confunde tanto la crianza respetuosa con la permisividad?
Ivana: Suele confundirse la noción de criar respetuosamente con la ausencia de límites. Yo suelo decir que es todo lo contrario. El respeto hacia el niño no es dejarlo hacer cualquier cosa, sino que de lo que se trata es del modo en que nos dirigimos a él; decir que NO es inevitable y necesario en la crianza, pero podemos hacerlo mediante gritos o enojos, o con amabilidad y paciencia.
 
Carolina: Vivimos en una sociedad aultocéntrica, donde se ha generalizado y lamentablemente naturalizado que la única forma de poner límites es castigando a los niños, ya sea con penitencias, gritos y hasta con golpes. Es alarmante la cantidad de personas que justifican la violencia como forma de enseñanza. Entonces, en este contexto, hablar de respeto hacia el niño, de hablarle amorosamente pero con firmeza, aún cuando no se esté comportando como los adultos esperamos, es interpretado como permisividad. Realmente es una idea revolucionaria la de la crianza respetuosa, entender que para ayudar al niño a calmarse primero debemos mantenernos en calma nosotros, saber que cuando queremos enseñar podemos hacerlo desde el vínculo, pasando tiempo con nuestros niños y sobre todo que mucho de lo que le enseñamos es a través de nuestras propias acciones. Si gritamos con frecuencia aprenderán a usar los gritos para comunicarse, si les castigamos físicamente o verbalmente, adoptarán esa forma de víncularse; en cambio si reciben un trato amoroso, límites claros y firmes, tiempo compartido, les estamos regalando recursos para toda la vida.

Ivana Raschkovan es Psicóloga Clínica, docente de la Facultad de Psicología (Universidad de Buenos Aires), integrante de equipo de investigación de proyecto UBACyT, Coordinadora Institucional de APRIN Psicología, Coordinadora de Crianza Infantil, psicoanalista de niños y adolescentes, coordinadora de grupos de crianza y de talleres mama-bebé. Brinda charlas a instituciones educativas y consultas de orientación a padres. 
ivana@aprinpsicologia.com.ar 
www.crianzainfantil.com
www.aprinpsicologia.com.ar

Carolina Mora es Lic. en Psicología especializada en psicología perinatal, prevención, lactancia materna, teoría del apego, neurobiología del nacimiento y crianza. También es Doula (Paramana Doula) y miembro de la Red de Psicólogas acompañando la crianza respetuosa.

domingo, 1 de marzo de 2015

¿Cómo educar sin castigar? Herramientas comunicacionales.


Este post es una adaptación del libro Cómo hablar para que los niños escuchen y cómo escuchar para que los niños hablen de Elaine Mazlish y Adele Faber, quienes escribieron algunos consejos luego de trabajar respetuosamente durante años con numerosas familias.


No se trata de consejos sobre "cómo criar" sino simplemente de herramientas eficaces que nos permitan comunicarnos mejor con nuestros hijos, dándoles el lugar que merecen como miembros de la familia, sin recurrir a patrones autoritarios y obsoletos.

Quiero dejar claro que no considero positivo que un niño deba "obedecer" porque sí y en todo momento. Creo que debemos respetar su individualidad, pero como madre tengo claro que en muchos momentos necesitamos que se comporten de un determinado modo y con válidas razones (hay un peligro, hay que cumplir horarios, hay otras personas a quienes podríamos afectar, etc.).

Es en este sentido que me parece interesante repasar lo que dicen las autoras, a fin de encontrar las alternativas que mejor se adapten a nuestra familia (y, por supuesto, a la edad de nuestros hijos). Los invito a seguir leyendo. Al lado de cada herramienta encontrarán un ejemplo concreto de cómo actuar.

¿Cómo educar sin castigar? Herramientas comunicacionales.

1. Señalar una forma de ser útil: Un niño corre por el supermercado, aburrido y tocando todos los productos. En lugar de decir "Ya vas a ver cuando le cuente a tu padre" le decimos "Si querés ayudar podés poner estas manzanas en la bolsa / buscar las naranjas / ordenar las latas / etc.".

2. Expresar desaprobación (sin juzgar): Misma situación. En lugar de "¡Estás actuando como un salvaje, no te traigo más" decimos "¡No me gusta lo que estás haciendo! No se puede correr en los supermercados, podemos golpear a otra persona".

3. Expresarle tus sentimientos e indicarle lo que esperás de él o ella: "¡Estoy muy enojada/o porque te presté mis herramientas y las dejaste bajo la lluvia, ahora están oxidadas! Yo espero que cuando te presto algo lo devuelvas al mismo lugar donde lo encontraste".

4. Mostrar cómo ayudar o subsanar lo ocurrido: Mismo ejemplo anterior. "Ahora podrías pasarles este producto para quitar el óxido y devolverlas a su lugar".

5. Ofrecerle una elección: Volvemos al supermercado. "Correr no se puede, pero podés elegir entre caminar al lado mío o sentarte dentro del carrito mientras ordenás las cosas".

6. Emprender una acción: En el caso anterior, podemos frenar o retirar al niño, siempre explicando. "Ahora vas a sentarte en el carrito porque hay mucha gente y no se puede correr".

viernes, 12 de diciembre de 2014

Educar sin premios ni castigos (por Justine Mol)

Foto: prezi.com

En este post reúno pasajes muy interesantes del libro Crecer con confianza, educar sin castigos ni recompensas, de Justine Mol. Me tomo algunas licencias poéticas para “argentinizarlo” y resumirlo un poco.

Nacida en los Países Bajos, Justine Mol es madre e instructora internacional de “Comunicación No Violenta”. Ha escrito varias obras sobre CNV aplicada a la educación.

Les dejo sus palabras, porque creo que pueden ayudar a muchas familias. Espero que así sea.

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He descubierto que las normas que vienen de arriba, cuando no existe un vínculo respetuoso entre las partes implicadas, sólo se pueden mantener con una continua “política” a base de premios y castigos.

A los niños se les puede poner normas a partir de los 3 años, aunque si las pactamos con ellos yo las llamaría más bien acuerdos.

¿Cómo educar sin castigar? 10 herramientas comunicacionales.

1. Disfrutá de las cosas: Cuando tu hijo hace las sumas bien u ordena su habitación, se siente orgulloso de sí mismo o satisfecho. Este placer aumenta si alguien comparte su alegría. Expresalo con palabras.

2. Laméntense juntos: Una niña que se peleó con una amiga se disgustará aun más si le decís algo como “¿cuándo vas a aprender a tener en cuenta lo que ella quiere?” Podés expresar el sentimiento y lamentarte con ella. La tristeza, como cualquier otra emoción, no es buena ni mala.

3. Expresá tu agradecimiento: Cuando tu hijo haga algo que te agrada decile Gracias. Expresar agradecimiento puede convertirse en un hábito. Nos ayuda a fijarnos en las cosas que enriquecen la vida y es una cálida y feliz alternativa a decirle “Qué bueno sos”.

4. Expresá cómo te sentís: Decile lo que sentís y qué es lo que te gustaría que hiciese empezando el mensaje con la palabra “creo”.

5. Fijate en el efecto que producen las acciones o las palabras de tu hijo: Los adultos sólo nos fijamos en esto cuando un niño molesta a alguien. Hagámoslo también cuándo haga algo bueno. “Mirá la cara de tu amiga porque le diste la mitad de tu galletita. ¡Qué feliz está!”

6. Mostrá interés: Hacelo tanto si tu hijo hace algo “bien” como “mal”. Mostrá interés por el motivo que lo impulsó a hacerlo. Interesate también por el después de un evento. De este modo mostramos interés en la persona, sin juzgar.

7. Sé claro al poner normas: Además, los niños estarán más dispuestos a seguir las normas de conducta si participan en su creación. Hacé que sean conscientes de los efectos que produce su conducta y dales la libertad para desarrollar sus propios valores éticos. Limitá la cantidad de normas que les ponés.

8. Haceles sugerencias: Si expresás tus ideas de cómo te gustaría que se comporten en forma de sugerencia no habrá ninguna razón para castigarlos ni premiarlos.

9. Tené en cuenta sus necesidades: Sea lo que sea que un niño haga o diga, lo hace para satisfacer una necesidad en particular. Un castigo o un premio es el resultado de nuestros juicios de valor e ignora las necesidades de un niño. Observá la necesidad que se esconde en sus palabras o sus acciones.

10. Sé un ejemplo: Los niños buscan formas de ser felices y hacer felices a los demás. Ayudalos a integrarse siendo un ejemplo.


Durante siglos, tanto los padres como los profesores han intentado educar a los niños como soldaditos marchando a sus órdenes. Espero que después de leerlo esto también elijas recurrir menos a los premios y castigos para que cada niños pueda desarrollar su propia manera de ser.

Justine Mol

lunes, 6 de octubre de 2014

10 maneras de guiar a tus hijos sin castigos (por la Dra. Laura Markham)

Foto: Kambrosis

1. Regulá tus propias emociones. Así es como tus hijos aprenden a manejar las suyas. Vos sos su modelo a seguir. No actúes cuando estés enojado. Si no podés ponerte en contacto con tu amor hacia tu hijo entonces pensá ¿qué haría un padre fantástico en este momento? Hacé eso. Si no podés, respirá hondo y esperá hasta que estés calmo antes de hacer frente a la situación. Resistí el impulso de ser punitivo. Siempre resulta contraproducente.


2. Honrá sus sentimientos. Cuando a tu hijo lo invade la adrenalina y las hormonas de "luchar o huir" no puede aprender. En lugar de sermonearlo, quedate con él y dejalo tener su crisis (berrinche) bajo tu mirada atenta. Tu fin es proveer un ambiente calmo para el enojo de tu hijo. Expresar sus emociones con un adulto digno de confianza y atento ayuda a los niños a atravesar esos sentimientos y aprender a auto-calmarse para poder regular sus propias emociones algún día. No trates de razonar con él durante una tormenta emocional. 


3. Recordá cómo aprenden los niños. Considerá el ejemplo de lavarse los dientes. Comenzamos cuando son bebés, les damos el ejemplo lavando nuestros propios dientes, tratamos de hacerlo divertido, gradualmente le vamos dando más responsabilidad y eventualmente lo hacen solos. El mismo principio aplica para enseñarles a decir "gracias", esperar su turno, acordarse de sus pertenencias, hacer la tarea y casi todo lo que se te ocurra. Las rutinas son muy valiosas en parte porque proporcionan el "andamiaje" para que tu hijo aprenda las habilidades básicas y este andamiaje proporciona la estructura. Podrás enojarte porque tu hijo se olvidó la campera otra vez, pero gritar no lo ayuda a recordarlo. 

4. Conectá antes de corregir, y quedate conectado, aún mientras lo guiás, para despertar el deseo de tu hijo de ser mejor. Recordá que los chicos se portan mal cuando se sienten mal acerca de sí mismos y se desconectan de nosotros. Agachate a su nivel y miralo a los ojos: “Estás enojado…Decime lo que necesitás con palabras… ¡no mordiendo!”

5. Poné reglas — pero ponelas con empatía. Por supuesto que tenés que insistir con algunas reglas. Pero también podés reconocer su perspectiva. Cuando los niños se sienten comprendidos, son más capaces de aceptar tus reglas. “¡No se muerde! Estás muy muy enojado y dolido, pero tenés que hablar con tus hermanos.”

6. Recordá que todas las "malas conductas" son expresiones, aunque quizás equivocadas, de una necesidad legítima. Él tiene una razón, aun cuando a vos te parezca que no es buena. ¿Su conducta es terrible? Entonces él se debe sentir terrible. ¿Necesita dormir más, más tiempo con vos, más tiempo libre, más tiempo para liberar esas emociones contenidas? Si atendemos la necesidad subyacente se elimina el "mal comportamiento".

7. Decí que SÍ. Los chicos harán casi cualquier cosa que les pidas si lo pedís con amor. Encontrá una manera de decir SÍ en lugar de NO aun mientras ponés reglas. "SÍ, es hora de limpiar, y SÍ, te voy a ayudar, y SÍ, podés quejarte, y SÍ, si nos apuramos podemos leer otro cuento más, y SÍ, lo podemos hacer divertido, y SÍ, te adoro, y SÍ, ¿cómo me volví tan afortunada/o de ser tu mamá/papá?” Tu hijo responderá con la misma generosidad y espíritu.

8. Conectate con un momento especial, todos los días. Apagá el teléfono, apagá la computadora, y decile a tus hijos “Ok, soy todo suyo por los próximos 20 minutos. ¿Qué hacemos?” Seguiles la corrientes. El mundo está lleno de humillación para los niños, así que por 20 minutos sólo sé un tonto y dejalos ganar. Las risas liberan miedos reprimidos y ansiedad, así que asegurate de jugar, reír, ser tonto. Hagan una pelea de almohadas. Luchen. Dejalos que te digan qué piensan, quejarse o llorar. Simplemente aceptá sus sentimientos. Dales un 100% de presencia. Los chicos que saben que pueden contar con un tiempo especial diario con sus padres florecen porque pueden confiar lo suficiente como para expresar todas sus emociones, y QUIEREN portarse bien.

9. Perdonate a vos mismo. No podés ser un padre inspirado si te sentís mal con vos mismo, así como tus hijos no pueden actuar "bien" si se sienten mal consigo mismos. Siempre podés reparar la relación. Empezá hoy.

10. Cuando todo lo demás falle, date a vos mismo un gran abrazo. Después dale a tus hijos un gran abrazo. La conexión triunfa sobre todo lo demás en lo que a crianza respecta.

¿No lo creés? Probalo esta semana y fijate qué tipo de milagro podés hacer.

Dra. Laura Markham


Traducción libre de Criando Pensamientos. Artículo original aquí.

sábado, 13 de septiembre de 2014

¡Me siento desbordad@! ¿Qué hago? 10 claves para enfrentar conflictos familiares


La crianza está plagada de esos momentos de desborde donde sentimos que todas las teorías son inaplicables y las situaciones nos sobrepasan. Nos encontramos enojados, muchas veces gritando, y sin herramientas para enfrentarnos de otro modo a los conflictos.

Y si bien hay muchos libros recomendables que nos pueden ayudar, la vida cotidiana no siempre nos permite tener el tiempo para leerlos. Por todas estas cuestiones es que se me ocurrió resumir en estos 10 puntos algunas claves para encontrar un balance familiar. Tal vez algunas de ellas puedan ser positivas para ustedes.

¡Espero sus comentarios!

1. Seamos conscientes de nuestro estado de ánimo y del contexto.
Muchas veces los conflictos se ven agravados por nuestro humor, cansancio, estrés laboral, etc. Tomar consciencia del estado de ánimo es un extra que nos permite ser menos vulnerables a reaccionar impulsivamente.
Otras veces el contexto nos juega en contra: podría ser una casa ajena o un comercio. Los espacios públicos suelen ser particularmente poco aptos para los niños. Por ejemplo, un niño en edad de deambular (15 a 30 meses aproximadamente) dentro de un restaurante repleto de gente se convierte rápidamente en un problema. Busquemos espacios que se adapten a las necesidades de todos los miembros de la familia. Y si el contexto no ayuda probemos ser flexibles (punto 4) o cambiarlo.

2. Tomémonos un minuto antes de reaccionar.
¿No les pasa que la primera reacción suele ser más exagerada de lo que hubiesen querido? Por eso existen las técnicas de contar hasta 10. Pensemos un minuto cómo vamos a responder ante un problema y qué queremos lograr como objetivo (frenar, cambiar, consensuar, disuadir). Vamos a evitar muchos gritos innecesarios.

3. Comuniquemos claramente nuestras necesidades y las reglas del hogar.
Hablar de todo en casa es muy importante. Que cada miembro de la familia tenga su espacio para ser escuchado (realmente escuchado, sin interrupciones ni juicios) y las reglas se consensúen en conjunto suele ser muy beneficioso. Me gustaría incluir en ese punto el hecho de decir siempre la verdad a los chicos, sea el tema que sea, adaptando el lenguaje a su nivel de comprensión. Es muy común que los hijos estén nerviosos porque perciben problemas "de grandes" y no pueden expresar o comprender los hechos por falta de información. Un hogar democrático se construye entre todos.

4. Intentemos ser más flexibles.
No se trata de dejar que los chicos hagan lo que quieran, no. Siempre me encuentro escribiendo esta frase. ¿Será porque es una de las primeras críticas que recibo de quien no conoce sobre la crianza respetuosa?
Intentar ser más flexibles es pensar: ¿realmente es importante esta situación en este momento? ¿Si se baña ahora, dentro de diez minutos o mañana (suponiendo que el niño en cuestión no está cubierto de barro, digamos) no es lo mismo? La rigidez es un gran enemigo de la crianza. Recordemos que una clave para la supervivencia del ser humano es su capacidad de adaptación.

5. Conozcamos las características de la edad de nuestros hijos.
Si sabemos que los berrinches son normales, comienzan a los 18 meses (mes antes, mes después) o que los niños antes de los 3 años no comprenden totalmente el significado del "no" nuestras expectativas van a ser más realistas. No vamos a pretender que ordenen su cuarto antes de cierta edad ni que todos los días realicen las mismas rutinas sin quejarse o sin tomarlo como un juego. Esto se puede aplicar a cualquier edad. El pensamiento abstracto, por ejemplo, se va adquiriendo a partir de los 6 años y se completa a los 12. Hay reglas de comportamiento que, simplemente, no podemos pedirle a nuestros hijos si aun no están lo suficientemente maduros.

6. Reveamos y critiquemos siempre las interpretaciones de los comportamientos.
Esto pasa mucho. "Mi nena escribe la pared, le digo que no y se ríe. Me está desafiando" se puede leer también como "Mi nena escribe la pared, todavía no entiende bien que no se puede, le parece divertido". Infinidad de veces, diría yo, los adultos creamos problemas donde no los hay por seguir interpretaciones naturalizadas socialmente, pero que pueden ser erróneas. Todos los niños pasan por fases que son pasajeras (aunque pueden ser inoportunas y molestas, claro). Ellos aprenden con la repetición y el ejemplo, por lo cual necesitamos tener una dosis extra de paciencia.

7. Pidamos ayuda siempre que la necesitemos.
Si nos sentimos desbordados, pidamos ayuda. Ayuda para delegar otras tareas que nos entorpezcan la crianza, ayuda para poder tomarnos un tiempo propio de distensión o incluso ayuda profesional. Una consulta psicológica (familiar, individual, etc) o psicopedagógica (si el problema estuviese relacionado con el aprendizaje) nos puede desvanecer preocupaciones y sumar herramientas para el día a día.

8. Compartamos experiencias con otros padres.
Amigos, familiares, papás del colegio o desconocidos. Sí. Hoy es muy fácil compartir en Internet, leer foros, participar en grupos de Facebook y ponerse en contacto con otros padres en forma online. ¡Cuánto mejor nos hace sentir saber que otros están pasando por lo mismo! A veces compartiendo descubrimos estrategias e ideas nuevas. Y si no, de todos modos sabernos acompañados siempre es un plus.

9. Evitemos las situaciones que ya sabemos que generan conflicto.
Dependerá de cada familia ir conociendo las fuentes de los conflictos: pasar frente a un determinado comercio, llevar a los chicos a alguna parte cuando están cansados, planificar demasiadas actividades juntas, dejar a la vista una pertenencia que no podemos compartir entre todos, son algunos ejemplos.

10. ¿Y si me desbordé por completo? Sé que fui injusto con mis hijos... ¿Qué hago? 
Siempre estamos a tiempo de arrepentirnos y admitir nuestros errores. ¡Errar es humano! Yo creo que pedir disculpas es un buen comienzo, seguido de explicar nuestras razones y sentarnos a hablar (punto 3). Nadie puede pretender ser perfecto, eso no existe. Dejemos las culpas de lado y avancemos con la convicción de que podemos aprender a ser un poquito mejores cada día. Es el gran desafío de ser padres. ¿No creen?