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miércoles, 6 de noviembre de 2019

Jardines de infantes y control de esfínteres

Tal vez algunos no lo saben, pero existen jardines de infantes en la Ciudad de Buenos Aires que no permiten el ingreso a niños de 2 y 3 años con pañales.
No sólo eso, sino que aducen “no poder tocar a los chicos”, por lo cual si tienen un “accidente” debe venir su padre o madre a cambiarlo personalmente. Esto implica minutos u horas, depende del caso, de un niño sucio e incómodo frente a todos su compañeros (o recluido en un baño). Y para los que ya dejaron los pañales tampoco es tan sencillo, porque tienen que ir al baño solos y limpiarse por sí mismos. Acción nada sencilla para una persona de estas edades.
¿Cómo es que nadie tiene en cuenta que el control de esfínteres no es una imposición ni depende de ninguna edad, sino que es un proceso madurativo natural, como caminar? ¿De dónde viene esta regla -aparentemente- tan arbitraria?
Curiosa por saber más de este tema (y en solidaridad con las muchas madres que me hacen llegar su preocupación) investigué el Reglamento del Sistema Educativo de Gestión Pública dependiente del Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Para mi sorpresa el tema esfínteres o ida al baño ni siquiera se menciona.

Existe sí una Ley (la N° 621, para jardines privados con niños de 45 días a 4 años) donde además de especificar los derechos del niño a la contención, la identidad y la calidad, se dictamina que es necesario priorizar los vínculos, favorecer un clima de afecto y respetar normas de higiene. En esta misma ley se habla de la obligatoriedad de que existan cambiadores y los detalles de higiene de cómo debe realizarse el cambiado. ¿Entonces?
Por otro lado esta Ley decreta que cuando el conjunto de las salas de 2, 3 y 4 años superen los quince niños deberá haber un auxiliar y que la cantidad máxima de niños por sala es de: Sala Lactarios hasta 9 niños; Sala Deambuladores, hasta 14 niños; Sala de 2 años, hasta 20 niños; Sala de 3 años, hasta 25 niños; Sala de 4 años, hasta 30 niños. ¿Todo esto se cumple, me pregunto? Porque si así fuera habría siempre alguien disponible para cambiar a los niños, ¿verdad?
Buscando un poco más, encontré la Guía Federal de Orientaciones para la intervención educativa en situaciones complejas relacionadas con la vida escolar (publicado por el Ministerio de Educación) donde se lee con claridad: “Cabe destacar que no existe legislación alguna que impida cumplir con el cuidado de los niños y las niñas en relación con el aseo y cambio de pañales o ropa cuando la situación lo requiera.” Interesante.

Hace unos años Diario Perfil: escribía:”Si bien no se trata de una modalidad impuesta o masivamente extendida, cada vez son más los maestros que prefieren evitar el contacto físico con los chicos y los jardines que prohíben las demostraciones corporales de afecto como consecuencia de la creciente cantidad de denuncias sobre abusos sexuales en los jardines de infantes que los medios, además, reproducen con constancia.”
El delicado tema del abuso

¿Realmente el pretexto de esta medida es la prevención de abusos sexuales? Intento comprender la desprotección que sufren los docentes ante ciertas acusaciones infundadas, pero, ante todo, ¿si no confiamos en una institución y sus miembros para la higiene corporal de nuestros hijos… directamente confiamos? ¿Podemos dejarlos con tranquilidad en ese lugar? Segundo punto, ¿no existen psicotécnicos antes de tomar a un docente que trabajará con niños? ¿Podemos considerar que alguien tan enfermo como para abusar de un menor dejará de hacerlo gracias a esta regla? ¿O simplemente la escuela se “cubre” ante posibles denuncias?
Dejo abierta la puerta a las opiniones docentes y/o institucionales. No he conseguido que el Ministerio de Educación se pronuncie respecto de este tema. Sobre todo porque no hay legislación que lo avale, presupongo.
Desde la defensa de los niños me gustaría recordar algunas cosas. Primero, que existe una Ley de Protección Integral de los Derechos de Niños, Niñas y AdolescentesCon esto quiero decir que no es un mero capricho respetarlos. Los Derechos a la Dignidad y Respeto se enmarcan dentro de esta legislación. ¿Acaso exigir que no usen pañales no es faltarles el respeto? ¿Dejarlos sucios no es faltarles el respeto? ¿No ayudarlos en su higiene personal no es faltarles el respeto? ¿Acaso todo lo mencionado no es humillante (y contrario a la dignidad)?

¿Y qué me dicen del Derecho a la Protección de la salud (que implica combatir las enfermedades)? Son varias las mamás, principalmente de nenas, que me cuentan que sus hijas acabaron con varias infecciones urinarias a lo largo del año. Claro, ellas, con sólo 2 y 3 años, se higienizan incorrectamente, llevando bacterias a su tracto urinario. Y ni hablemos de la salud mental. Lamentablemente son muchos los niños presionados para dejar el pañal antes de tiempo que terminan con serios problemas derivados del estrés de enfrentarse a esta situación.

Los abogados consultados (que prefirieron permanecer anónimos) afirmaron que, claramente, una regla como tal es contraria a los derechos de los niños. Los nombrados y, seguramente, muchos otros.
La mirada de los expertos

En la nota de Perfil mencionada se incluye una interesante cita respecto de la importancia del contacto físico en la primera infancia (otro tema nada menor). “Todo lo que sea contacto corporal para la primera infancia es fundamental para el desarrollo emocional de los chicos, no sólo para el aprendizaje” (…) señala la licenciada y profesora en psicopedagogía Cecilia Kornblit. Un docente que “no puede” tocar a sus alumnos les está creando una barrera perjudicial para su confianza y desarrollo.”

Cecilia Giana, Licenciada en Ciencias de la Educación, afirma: “La negativa de cambiar pañales en las escuelas a partir de la sala de tres surge en la mayoría de los casos por el miedo de las instituciones de ser acusadas de abuso deshonesto a los niños, esta situación nos lleva a preguntarnos diversas cuestiones, ¿qué está enseñando con sus actos una escuela que por temor deja de responder a las necesidades de los más pequeños?, ¿qué lugar ocupa la confianza que debe existir entre las familias y los docentes?, ¿qué sucede con la construcción de los vínculos tempranos cuando se educa desde el temor? Las preguntas precedentes dan cuenta de un posicionamiento ético-pedagógico que necesita ser repensado para poder alojar a los más pequeños en las instituciones educativas que deben responder por ellos.”
Las Licenciadas en Psicología Carolina Mora y Natalia Liguori tienen una opinión determinante sobre el tema. “La mayoría de las veces las familias se ven afectadas por estas imposiciones externas que intervienen en las decisiones de crianza, siendo los niños los principales afectados. En poco tiempo tienen que acostumbrarse a la idea de dejar a sus papás y a sus juguetes queridos “que no pueden ir al jardín con ellos”, y como si esto fuera poco, por imposición de un modelo adultocentrista en el que el tiempo vale oro, se los apura a dejar los pañales y a controlar esfínteres, cuando se sabe que esto depende de su maduración y que es un proceso. Esta carrera conlleva un estrés e impacta a nivel emocional en los padres y principalmente en el niño. A la presión de dejar los pañales, algo que les da seguridad, por imposición externa sin contemplar los tiempos singulares, se le suma la posibilidad de quedar expuestos en episodios donde se ensucian por no lograr controlar sus esfínteres. Los niños sienten que no saben y no pueden hacerlo, con la frustración que esto conlleva para sí mismos y sus padres. Esto nos lleva a preguntarnos ¿al servicio de quien está el sistema?, ¿en benéfico de quiénes se plantea esta norma?
Por su lado Laura Lagos, Licenciada en Ciencias de la Comunicación con orientación en Procesos Educativos, opina que ”es lamentable que se obligue a un niño a acelerar sus ritmos sin contemplar lo particular de cada uno. Es una medida que tiende a homogeneizar y eso no está bien. Además, el hecho de usar pañales se estigmatiza. Los padres muchas veces siguen estas reglas por vergüenza, porque sienten que sus hijos están “fuera de la norma”, es decir, que no cumplen con los pasos esperados. Es en estas condiciones que una regla tan arbitraria puede funcionar. Hace falta mayor cuestionamiento.”
Como padres es nuestro deber asegurar que nuestros hijos tienen sus derechos cubiertos. Preguntar, repreguntar y hacer valer nuestro poder ciudadano. Y si la escuela no los cumple, no nos callemos.

PD: Esta nota perteneció a mi antiguo blog de Infobae.

sábado, 2 de septiembre de 2017

¿Tu peque no se quiere bañar? Algunos recursos, ideas y reflexiones.



Es muy usual que alrededor de los 2 años (y en otros momentos también, claro) los niños comiencen a resistirse a la hora del baño. ¿Te pasó?

Si bien suele ser una etapa más o menos pasajera la rutina diaria puede convertirse en un martirio. En este post ensayo algunas reflexiones e ideas para lograr sortear este desafío con la mayor integridad posible (¡vamos que se puede!).

Ante todo, es importante comprender que los niños empiezan a desarrollar su autonomía a edades tempranas y parte de este proceso saludable y normal es hacer uso y abuso de la palabra mágica... ¡NO! Nos pasa a todas las familias y se sobrevive, se los aseguro. Y si logramos pasarla con menos enojos y conflictos, mucho mejor.

Habiendo aclarado esto, ¿pensaste en bañar un poco menos a tu peque? Por lo menos en Argentina existe la costumbre de bañar a los niños todos los días, lo cual es muy distinto en otros países, ¿sabías? Si la hora del baño es un problema a veces funciona espaciar los baños. No es indispensable que sea a diario, la higiene se puede lograr igual y, de hecho, hasta es mejor para la piel y el pelo. Más info acá.

El humor y el juego siempre son buenos recursos, a cualquier edad. Convertir el baño en un momento lúdico es el ABC, aunque también es una buena opción brindar alternativas: ¿querés bañarte con este muñeco o con un barquito de papel? ¿Querés bañarte antes de comer o después?

Algo fundamental que descubrí bastante antes de los temidos 2 años fue el antideslizante. Los chicos de estas edades ya tienen una gran movilidad propia y no paran de ejercerla. Es así como cambiar pañales de pie, dejarlos comer mientras van y vienen, ó darles la opción de pararse en la bañera comienzan a ser prácticas casi obligadas para convivir con un toddler. Por algo se los llaman "deambuladores"... El antideslizante es una goma con sopapas que se pega en el fondo de la bañera y minimiza las posibilidades de resbalar, se puede comprar una alfombra entera o pequeñas figuras y colocarlas una al lado de la otra. Si todavía estás usando la pequeña bañaderita de plástico y tu hijo se enoja allí dentro, ¡probá llenar la bañera grande!

Pero a veces mucha agua los asusta: una buena opción es no llenar la bañera y dejarlos jugar con la canilla abierta y varios recipientes. Esta es una edad donde el trasvasado es un hit.

Otros recursos que suelen tener gran éxito: las burbujas y la espuma. Eso sí: asegurate que el jabón que utilices para hacer espuma sea lo más natural posible y adecuado para estar en contacto con la piel.

El agua con color y las pinturas para azulejos también son bastante exitosas. Se venden pastillas y pinturas ya hechas, pero también podés hacerlas vos. Algunas ideas acá. Yo utilizo colorante vegetal comestible. Una pizca tiñe toda la bañera (pero no la piel).

¡A probar opciones! Un día, dentro de no tanto, te vas a acordar de este momento con una sonrisa, te lo aseguro. ¿Tenés más ideas? ¡Contanos!

jueves, 2 de marzo de 2017

La empatía está en las pequeñas cosas


Es tarde. Estamos llegando tardísimo a la colonia. Son las 9 y 20 y corremos. Mochila: lista. Desayuno: listo. Repelente: listo. Todo está dentro de los límites de lo predecible hasta que mi hijo de 4 años lanza una pregunta fatal: "¿Dónde está mi pokebola?". Ah, porque sin la pokebola, nada. 

Corro por toda la casa como esos videos a los que les aumentaron la velocidad. ¿Dónde está la bendita pokebola? Busco en los cajones, en la cocina, hasta en mi cartera. Nada. No aparece. Es tarde. Es todavía más tarde que antes. El padre osa sugerir otro juguete. Quienes tengan niños de estas edades saben muy bien que esa NO ES UNA OPCIÓN VIABLE BAJO NINGÚN CONCEPTO.

Estoy a punto de enojarme. ¡Es un juguete! ¿No puede llevar otro juguete? ¿No puede ir sin juguetes? Respiro. Estoy pensando como adulta, y no sirve. Respiro de nuevo. Yo sé qué es importante aunque no termino de entender bien el por qué. Sí, una bola roja de plástico puede ser de suma importancia a los 4. Casi como el color del vaso o la forma en que está cortado el borde del sándwich (¿les suena?).

Respiro por tercera vez y dejo ir el enojo. Pienso. Me acuerdo. La encuentro. Entonces salimos: Octavio, la pokebola y yo. Tarde, tardísimo.

Llegamos, me dice un "chau" sonriente y lo veo correr hacia el grupo. Varios nenes se le acercan, lo saludan y todos se sientan en ronda, intercambiando sus tesoros. Sus caras de dormidos se iluminan. Y de repente lo entiendo. La pokebola es una llave. Una forma sencilla de quebrar el hielo de la mañana. La excusa perfecta para socializar, conversar, compartir. No es un juguete. ¡Es mucho más que eso! Se me escapa una lágrima y apuro el paso.

Pensar que casi salgo sin nada, ¡cómo me hubiera equivocado! A los 4 el mundo es muy diferente que a los 34, pasa que una se olvida. Me escribo una nota mental a mí misma: la empatía está en las pequeñas cosas. Nunca sabemos cuán importante es algo para alguien. La próxima trataré de no olvidarme con tanta facilidad.

martes, 13 de septiembre de 2016

Entrevista a Mariel Bonnefon: "Es el momento de amar sin reservas"



Mariel Bonnefon es argentina, residente en Uruguay actualmente. Se formó como psicóloga en la Universidad de la República del Uruguay e inmediatamente después realizó la formación como Psicoterapeuta Corporal Reichiana, en el Taller de Estudios y Análisis Bioenergético. Trabajó durante varios años en clínica individual y grupal, siempre apuntando a la generación de nuevas formas de vivir, con más gozo y libertad.
 
En el 2012 llegó la maternidad y con ella un enorme cambio. Desde entonces se ha dedicado a trabajar en temas relacionados a la crianza respetuosa, autorregulada y consciente. Coordina talleres y grupos de crianza. Se formó como Promotora de Lactancia de la Liga de la Leche y como Asesora de Porteo Mimos y Teta. Actualmente se encuentra realizando la formación de Especialista en Ecología de los Sistemas Humanos de la EsTeR

Pueden conocer su trabajo a través de su página Crianza y Energía y de su comunidad en Facebook.

NS: Hola Mariel, muchas gracias por tu tiempo. Voy a comenzar haciéndote una pregunta que hago siempre. ¿Cómo cambió tu mirada profesional a partir de la maternidad?

MB: (Risas) La respuesta fácil sería decirte que si no hubiera sido mamá hoy no estaríamos conversando. La respuesta más larga es que cambió rotundamente, porque el contactar desde mi corazón con mi hijo me hizo abrirme a un mundo totalmente nuevo. 

Vivimos en una sociedad y una cultura eminentemente adultocéntricas y yo no había escapado de eso. Como psicóloga, sabía de primera infancia lo que se estudia en la formación básica de grado, que es bastante pobre. Mi trabajo clínico fue siempre orientado a adultos. No lograba conectar con los niños si alguna vez venían a mi consulta. Y si bien estaba formada como psicoterapeuta corporal reichiana, en mi cabeza no había hecho el "click" de que si la coraza caracterial se generaba en los vínculos tempranos, había algo que los adultos estábamos haciendo muy mal.

Cuando Thiago nació el mundo se me puso patas arriba. Lo único que yo quería era tener a mi cachorro pegado a mí, yo, ¡la súper profesional eficiente y responsable! Empecé a darme cuenta cuán errados estaban los conceptos que había aceptado sin más, sin cuestionarlos: separar al bebé de su madre... que duerma en su cuarto después del primer mes... el jardín de infantes desde el año es lo ideal... etc. etc. Me da hasta vergüenza recordar que, antes de ser mamá, algunas veces vi un niño llorando en el súper y pensé "esa madre no puso suficientes límites".

Por suerte pude tener la conciencia suficiente para darme cuenta que Thiago me estaba abriendo una puerta... y me tiré de cabeza al túnel. Ha sido un camino maravilloso, y doloroso también, porque tuve que enfrentarme con muchos puntos oscuros en mí misma... y los que faltan. Pero no puedo estar más que eternamente agradecida con él por haber llegado y despertarme.

NS: Vos decís que "en una forma más ecológica de vivir está la clave para crear un mundo más feliz, justo, sano". Me encanta la frase. Si hablamos específicamente de la crianza... ¿A qué se denomina crianza ecológica?

MB: La crianza ecológica es una forma de criar que intenta respetar lo más posible al bebé o niño. Se parte de la idea de que ellos llegan a este mundo con bastante más "salud" -si es que eso puede cuantificarse- que nosotros los adultos. 

Y se sabe, por años y años de investigaciones y observaciones, que las intervenciones que atentan contra el desarrollo natural del bebé humano son las que a su vez generan modos de vincularse y de vivir patológicos, no regulados. No estoy hablando de enfermedades psíquicas graves, sino de la "normalidad". Todos nosotros cargamos con heridas de nuestra infancia en nuestro cuerpo. A todos nos cuesta expresar nuestras emociones en mayor o menor medida, todos vivimos nuestra sexualidad de forma más o menos coartada, todos tenemos un anhelo de amor largamente ninguneado. Esas heridas configuran, como decía, formas de vivir, de relacionarse, que no son las naturales. 

Alexander Neill, colaborador de Wilhelm Reich, decía que nacemos con una capacidad innata para amar. Es obvio, si prendemos la tele a la hora del informativo, que el amor no nos está guiando en nuestro paso por el mundo. 


Entonces, de lo que estamos hablando es de Prevención. Estoy convencida, junto a muchos otros que trabajamos en este camino, que a través de criar de esta manera, estaremos ayudando a las próximas generaciones a crecer de otra manera, con menos peso en sus mochilas, con más herramientas para crear el mundo que todos nos merecemos.

Claro que no se puede hablar en términos absolutos, por eso digo que "intenta respetar lo más posible al niño". Ninguno de nosotros logrará una crianza autorregulada -o ecológica- al 100%, porque justamente cargamos con nuestras propias heridas. Esas heridas generan en nosotros patrones de relacionamiento tóxicos. Entonces, hacemos o decimos cosas que en realidad no están en contacto con lo que sentimos. 

Un ejemplo clásico: estoy cansada de un día agotador en el trabajo, llego a casa y le grito a mi hijo porque desordenó su cuarto. Es evidente que no es mi hijo el que provoca ese disestrés en mí. Pero seguramente por la crianza autoritaria que yo viví, no puedo gritarle a mi jefe o rebelarme contra el sistema laboral que me agota. Entonces me descargo con quien no corresponde, por así decirlo.

Cuál es la salida entonces? Intentar, paso a paso, ir desarmando esos patrones de relación. Ser concientes de nuestros propios límites, y respetarlos. Intentar ponernos en el lugar de nuestros hijos. No culparse -la culpa no sirve de nada-, pero sí responsabilizarse, y tomar acción en cambiar.
Seguramente, nosotros no lo veamos. Pero tal vez, nuestros nietos, o bisnietos, sí. Se trata de cortar con la cadena de transmisión. Y dejar que la energía, al servicio del amor y la vida como es natural, haga el resto

NS: ¿Cuál ha sido tu mayor desafío como psicóloga?

MB: Darme cuenta de que quienes acuden a pedirme ayuda están en su propio camino y que por más que quiera no puedo llevarlos al que yo considere correcto. Ellos tienen que descubrir hacia dónde ir, y yo sólo puedo acompañarlos y poner luz donde mis capacidades me permitan.

NS: ¿Y como mamá? 

MB: Uff... ¿tenés un par de años para que te cuente? (Risas)
Cada día es un desafío. Y también es un regalo. En este momento puedo hablarte de mi momento actual; mi mayor desafío es encontrar el equilibrio entre dejar fluir a Thiago y cuidarlo. Tiene 4 años y mucha voluntad...  

Cuando era más pequeño el desafío fue dejarme fluir a mí misma. Durante mucho tiempo tenía una gran autoexigencia, la mamá perfecta, la crianza perfecta, etc. Una locura.  

NS: Claro, y la autoexigencia desmedida genera culpa. ¡Es un círculo vicioso! Otro de los temas que quería tocar, dado que siento que caminamos el mismo camino: ¿realmente podemos creer en una revolución del amor? ¿Es la crianza la base para soñar con esto?

MB: Ay, espero que sí. Yo lo creo profundamente. Lo cual no quiere decir que piense que todos deberían dejar de hacer lo que hacen y ponerse a criar hijos (Risas). Pero es la militancia que yo he escogido. 

Yo creo que en este momento estamos siendo testigos, sin darnos cuenta, de un momento-bisagra. Hay una revolución, más o menos silenciosa, que ya ha comenzado. Un cambio de paradigma. No puede ser coincidencia que tanta gente al mismo tiempo, en distintos lugares, se plantee este tipo de preguntas.  
 

NS: ¡Me emociona mucho tu respuesta! Si bien veo ese cambio, todavía queda mucho por hacer. ¿Por qué seguimos persiguiendo los "límites", la "obediencia" y otros tantos supuestos "santos griales" de la crianza? ¿En algún momento creés que esto cambiará?

MB: Porque estamos perdidos. No tenemos conexión con nosotros mismos, con nuestro corazón, con nuestra energía. Necesitamos cosas externas de las que aferrarnos. Lo que buscamos es que nos digan qué hacer. Porque somos testigos de la vida exultante de nuestros hijos y no sabemos qué hacer con eso. Nos da miedo la pérdida de control.

Y ojo, que pasa lo mismo con el "Santo Grial" de la Crianza con Apego. Lo veo mucho; mamás y papás -yo misma lo viví en algún momento- que dan teta, colechan y portean porque "es lo que hay que hacer", no porque estén en contacto con las necesidades de sus hijos, y las propias. Entonces, cuando el bebé igual llora toda la noche... o el nene igual hace el berrinche... se desesperan. ¿Cómo? ¿No era ésta la solución a todos los males? 

Y no. No hay soluciones mágicas. Porque intentar criar respetuosamente implica, sí o sí, enfrentarte con tu propia rabia y tristeza, por no haber sido respetado. Si no contactás con eso, si seguís barriendo bajo la alfombra... va a llegar un momento en que te vas a ver superado. Los niños son campeones en eso (Risas). Saben encontrar nuestros puntos ciegos. Y en ese momento es que tenés la oportunidad: te tirás a la pileta o seguís de largo.  

Sobre tu segunda pregunta... no sé si cambiará a fondo. Pero sí veo que hay cada vez más gente con inquietud, con ganas de buscar, de inventar su propia historia. 

NS: ¡Seguiremos trabajando para que así sea! ¿Querés dejarnos alguna reflexión más?

MB: Creo, como te dije antes, que estamos en un momento bisagra. Es el momento de aprovechar esta energía, hacerla colectiva, jugárnosla por el otro, amar sin reservas a nuestros hijos y a quienes tengamos cerca. Cultivar vínculos que nos sostengan en este camino, generar tribu. Es el mejor regalo que podemos dejarles a las futuras generaciones. ¡Muchas gracias Noelia por permitirme este contacto con tus lectores!

Gracias a vos, Mariel, y que se siga multiplicando el amor. 

viernes, 19 de agosto de 2016

Mi regalo se llama PACIENCIA

 

Cada año llegan estas fechas y un remolino de ideas y emociones me envuelve sin previo aviso. Cumpleaños número 4, día del niño, comienzo del jardín, segunda mitad del año, proyectos personales, balances maternales.

Lo cierto es que el día a día (ese mismo que a veces se hace tan difícil y agotador) parece empeñarse en mostrarme que, efectivamente, el tiempo vuela.

¿Qué decir respecto del día del niño? ¿Cómo no caer en trivialidades y frases hechas? ¿Qué quiero regalarle a mi hijo, a mi familia, a mí misma?

Hace poco escribí sobre la comunicación y el gran desafío de desterrar de mi casa los gritos. Este post viene de la mano. Hoy mi regalo es la paciencia.

Quiero regalarle a mi niño aun más juegos compartidos. De esos que te hacen perder la noción del tiempo. Juegos con castillos, serpientes, lobos y charcos. Sin principio ni fin ni meta más que jugar.

También más abrazos cuando haya enojos. Un respiro para esos días en que el cansancio agobia y la rutina me hunde.

¡Y más tolerancia a sus pequeños ritmos! Porque sus pies caminan con pasos cortos y sus tiempos no son los que marca el reloj. Quiero más paciencia para recordar que los minutos son relativos y que la vida se construye de momentos eternos.

Además, más cuadras que cuenten historias. Ríos de lluvia que son un desafío o cuentos repentinos que nacen en un semáforo (en eso él es un experto).

Y muchos, pero muchos, menos mandatos.

Él crece pero yo también. De su mano todo es más fácil.

miércoles, 10 de agosto de 2016

¿Cómo nos comunicamos con los chicos? 4 claves para hacerlo mejor


Hace un tiempo que me inquieta el modo en que nos comunicamos familiarmente, en especial con los más chicos. Es bastante común agotar el recurso del grito al primer conflicto (me incluyo) y es algo que quisiera desterrar para siempre del repertorio cotidiano.

Estoy convencida de que la paz comienza en casa aunque tantas veces sea difícil mantener el centro; y sé que esto le pasa a la mayoría de los padres y madres.

Este post es una forma de reafirmar mi apuesta a comunicarnos de manera empática. Lograrlo depende, muchas veces, de desaprender viejas costumbres y redefinir nuestro rol en el día a día.

¿Cómo nos comunicamos mejor?

La comunicación es compleja. No sólo se basa en lo que decimos sino en cómo lo decimos, en el contexto y en tantas otras variables. Hoy propongo prestar atención a, al menos, estos 4 grandes aspectos:

1. Las palabras: El más obvio de los elementos a la hora de comunicarnos. Las palabras que elegimos la mayor parte del tiempo construyen nuestras relaciones y pueden cambiar por completo nuestra manera de vincularnos. ¿Estamos eligiendo las palabras adecuadas a la edad de nuestro interlocutor? ¿Necesita él o ella un sermón o más bien sólo una palabra de aliento, un mimo o ser escuchado? Los chicos nos escuchan con más facilidad cuando elegimos palabras simples y no abusamos de ellas. Acá, casi siempre, aplica la regla que indica "menos es más".

2. El tono de voz: ¿Cuántas veces nos enojamos con otro adulto porque dijo algo con soberbia o en forma de burla? La comunicación trasciende las simples palabras y el tono que las acompaña puede cambiar su sentido por completo. Lo podemos hacer sin darnos cuenta, pero un tono de voz incorrecto puede herir sentimientos, provocar ira y muchos otros efectos indeseados.

3. El lenguaje corporal: ¡Qué difícil ser conscientes del lenguaje corporal todo el tiempo! El lenguaje no verbal incluye la distancia, los gestos, la postura corporal, la mirada y tantos detalles como querramos buscar. Cuando hablamos de niños siempre es bueno recordar lo básico: ponernos a su altura y hacer una escucha activa (mirándolos a los ojos, sin distracciones, con disposición). Hoy día los celulares y demás dispositivos electrónicos se roban nuestra atención, tratemos de minimizar su impacto.

4. El volumen: Y, a lo último, lo más complicado. Parecería que la parentalidad viene asociada al grito. ¿No les parece? Desde un llamado, hasta un pedido y (claro) un reto... Los gritos se adueñan de nuestras casas y crean un clima de tensión innecesario. ¿Y si elegimos cambiarlo? Mantener un volumen de conversación no tan elevado sería el primer paso. También hablar con tranquilidad y sentarnos a conversar amigablemente aún cuando estemos enojados.

Como solemos decir en nuestros talleres de crianza: "Nadie puede dar lo que no tiene". La buena comunicación comienza con un adulto regulado emocional y físicamente. Esto no siempre es posible. El cansancio y el ritmo de vida suelen ser nuestros grandes enemigos. Si sentimos que nos sobrepasa podemos buscar aliados: pedir ayuda, hacer catarsis con amigos y hasta consultar a un terapeuta de familias. Yo creo que vale la pena. ¿Y ustedes?

lunes, 23 de mayo de 2016

Reflexiones sobre la competencia y el juego libre



¿Tiene sentido la competencia?
Si un grupo de niños juega compitiendo y en lugar de disfrutar el juego está midiendo continuamente el mejor modo de sacar ventaja para "ganar", perdiendo de vista el instante, el simple hecho de jugar... ¿Ese juego sigue siendo productivo, libre, feliz?

Hace unos días me asaltaba este pensamiento y una sensación incómoda mientras miraba a un grupo de niños jugando, chicos de apenas 5 o 6 años. La competencia, además, estaba pura y exclusivamente impulsada por los adultos. Vi como de a poco la diversión y las risas se fueron apagando a medida que las reglas se adueñaban de la escena, dando lugar a la fría medición y al abandono del instante en pos de medir el futuro inmediato.

¿Con qué fin impulsamos la competencia?
Hace unos dos años en este mismo blog la psicóloga Daniela Ferazzini nos recordaba "la necesidad indispensable de que un niño juegue por puro placer, sin ningún otro objetivo o meta que el mismo jugar". El juego es aprendizaje, es liberación, es simbolismo, es construcción, es magia, es el lenguaje mismo de la niñez. ¿Por qué necesitamos apagarlo, guiarlo, medirlo, controlarlo? Nuestro afán de control sobre la infancia llega a veces a límites absurdos.

Tuve el privilegio de intercambiar sobre el tema en las redes sociales y rescato, con permiso de las autoras, algunas reflexiones de mucha riqueza.

Alicia Stolkiner, reconocida Lic. en Psicología, Diplomada además en Salud Pública, considera que hay una diferencia entre rivalidad y competencia. "La rivalidad es un dispositivo de las subjetividad, la competencia es una captura de ese dispositivo en una lógica, si se quiere, mercantil. Allí se transforma en una lucha en la que lo colectivo queda precluido por la necesidad de éxito individual". Difícil enseñar valores comunitarios si fomentamos el éxito personal, individual, por sobre el colectivo, ¿no creen? Algo que no me parece un tema menor.

Cuenta, además, Alicia: "Cuando llevaba a mis hijos a jugar fútbol me parecían increíbles algunos padres que no dejaban disfrutar el juego por la forma en que violentaban a sus hijos para que ganen". Quizás sea hora de revisar qué valores deportivos fomentamos en nuestros niños.

Por su parte, la Psicóloga Clínica Ivana Raschkovan afirma que "la capacidad para la preocupación por el otro de la que tanto se ocupó Winnicott se construye en el encuentro con el otro. El respeto por el semejante debe reconocerlo en su individualidad y diferencia. Continuamente veo niños en el consultorio en los que su subjetividad ha sido arrasada en pos de criar niños para el mercado productivo. Niños que pasan ocho horas por día en la escuela y luego deben continuar actividades extraescolares para convertirse en sujetos productivos y "competentes". Me pregunto cuánto lugar hay en estos niños para el desear y para el jugar por el mero placer que el jugar despierta. No me sorprende que un niño capturado por esta lógica de discurso quede atrapado en un juego competitivo donde el par se vuelve un "oponente". Y esta lógica binaria y oposicionista sin lugar a dudas es en detrimento del placer y de la capacidad lúdica".

Buscando alternativas a esta lógica competitiva
¿Queremos realmente seres humanos que vean al otro como un oponente a quien ganarle o sacarle ventaja? ¿O queremos, por el contrario (y espero que compartan), una sociedad donde la comunidad prevalezca, donde los valores compartidos apunten a la cooperación y la solidaridad? No estamos viendo que el juego competitivo extremo atenta contra esto. ¿Por qué mejor no brindar más horas de juego libre, más disfrute, más espacios cooperativos, más juegos con reglas inventadas por ellos mismos, más actividades centradas en el compartir?

Ya lo decía Maria Montessori: "Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz, la gente educa para la competencia y este es el principio de cualquier guerra. Cuando eduquemos para cooperar y ser solidarios unos con otros, ese día estaremos educando para la paz".