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jueves, 2 de marzo de 2017

La empatía está en las pequeñas cosas


Es tarde. Estamos llegando tardísimo a la colonia. Son las 9 y 20 y corremos. Mochila: lista. Desayuno: listo. Repelente: listo. Todo está dentro de los límites de lo predecible hasta que mi hijo de 4 años lanza una pregunta fatal: "¿Dónde está mi pokebola?". Ah, porque sin la pokebola, nada. 

Corro por toda la casa como esos videos a los que les aumentaron la velocidad. ¿Dónde está la bendita pokebola? Busco en los cajones, en la cocina, hasta en mi cartera. Nada. No aparece. Es tarde. Es todavía más tarde que antes. El padre osa sugerir otro juguete. Quienes tengan niños de estas edades saben muy bien que esa NO ES UNA OPCIÓN VIABLE BAJO NINGÚN CONCEPTO.

Estoy a punto de enojarme. ¡Es un juguete! ¿No puede llevar otro juguete? ¿No puede ir sin juguetes? Respiro. Estoy pensando como adulta, y no sirve. Respiro de nuevo. Yo sé qué es importante aunque no termino de entender bien el por qué. Sí, una bola roja de plástico puede ser de suma importancia a los 4. Casi como el color del vaso o la forma en que está cortado el borde del sándwich (¿les suena?).

Respiro por tercera vez y dejo ir el enojo. Pienso. Me acuerdo. La encuentro. Entonces salimos: Octavio, la pokebola y yo. Tarde, tardísimo.

Llegamos, me dice un "chau" sonriente y lo veo correr hacia el grupo. Varios nenes se le acercan, lo saludan y todos se sientan en ronda, intercambiando sus tesoros. Sus caras de dormidos se iluminan. Y de repente lo entiendo. La pokebola es una llave. Una forma sencilla de quebrar el hielo de la mañana. La excusa perfecta para socializar, conversar, compartir. No es un juguete. ¡Es mucho más que eso! Se me escapa una lágrima y apuro el paso.

Pensar que casi salgo sin nada, ¡cómo me hubiera equivocado! A los 4 el mundo es muy diferente que a los 34, pasa que una se olvida. Me escribo una nota mental a mí misma: la empatía está en las pequeñas cosas. Nunca sabemos cuán importante es algo para alguien. La próxima trataré de no olvidarme con tanta facilidad.

miércoles, 10 de agosto de 2016

¿Cómo nos comunicamos con los chicos? 4 claves para hacerlo mejor


Hace un tiempo que me inquieta el modo en que nos comunicamos familiarmente, en especial con los más chicos. Es bastante común agotar el recurso del grito al primer conflicto (me incluyo) y es algo que quisiera desterrar para siempre del repertorio cotidiano.

Estoy convencida de que la paz comienza en casa aunque tantas veces sea difícil mantener el centro; y sé que esto le pasa a la mayoría de los padres y madres.

Este post es una forma de reafirmar mi apuesta a comunicarnos de manera empática. Lograrlo depende, muchas veces, de desaprender viejas costumbres y redefinir nuestro rol en el día a día.

¿Cómo nos comunicamos mejor?

La comunicación es compleja. No sólo se basa en lo que decimos sino en cómo lo decimos, en el contexto y en tantas otras variables. Hoy propongo prestar atención a, al menos, estos 4 grandes aspectos:

1. Las palabras: El más obvio de los elementos a la hora de comunicarnos. Las palabras que elegimos la mayor parte del tiempo construyen nuestras relaciones y pueden cambiar por completo nuestra manera de vincularnos. ¿Estamos eligiendo las palabras adecuadas a la edad de nuestro interlocutor? ¿Necesita él o ella un sermón o más bien sólo una palabra de aliento, un mimo o ser escuchado? Los chicos nos escuchan con más facilidad cuando elegimos palabras simples y no abusamos de ellas. Acá, casi siempre, aplica la regla que indica "menos es más".

2. El tono de voz: ¿Cuántas veces nos enojamos con otro adulto porque dijo algo con soberbia o en forma de burla? La comunicación trasciende las simples palabras y el tono que las acompaña puede cambiar su sentido por completo. Lo podemos hacer sin darnos cuenta, pero un tono de voz incorrecto puede herir sentimientos, provocar ira y muchos otros efectos indeseados.

3. El lenguaje corporal: ¡Qué difícil ser conscientes del lenguaje corporal todo el tiempo! El lenguaje no verbal incluye la distancia, los gestos, la postura corporal, la mirada y tantos detalles como querramos buscar. Cuando hablamos de niños siempre es bueno recordar lo básico: ponernos a su altura y hacer una escucha activa (mirándolos a los ojos, sin distracciones, con disposición). Hoy día los celulares y demás dispositivos electrónicos se roban nuestra atención, tratemos de minimizar su impacto.

4. El volumen: Y, a lo último, lo más complicado. Parecería que la parentalidad viene asociada al grito. ¿No les parece? Desde un llamado, hasta un pedido y (claro) un reto... Los gritos se adueñan de nuestras casas y crean un clima de tensión innecesario. ¿Y si elegimos cambiarlo? Mantener un volumen de conversación no tan elevado sería el primer paso. También hablar con tranquilidad y sentarnos a conversar amigablemente aún cuando estemos enojados.

Como solemos decir en nuestros talleres de crianza: "Nadie puede dar lo que no tiene". La buena comunicación comienza con un adulto regulado emocional y físicamente. Esto no siempre es posible. El cansancio y el ritmo de vida suelen ser nuestros grandes enemigos. Si sentimos que nos sobrepasa podemos buscar aliados: pedir ayuda, hacer catarsis con amigos y hasta consultar a un terapeuta de familias. Yo creo que vale la pena. ¿Y ustedes?

lunes, 23 de mayo de 2016

Reflexiones sobre la competencia y el juego libre



¿Tiene sentido la competencia?
Si un grupo de niños juega compitiendo y en lugar de disfrutar el juego está midiendo continuamente el mejor modo de sacar ventaja para "ganar", perdiendo de vista el instante, el simple hecho de jugar... ¿Ese juego sigue siendo productivo, libre, feliz?

Hace unos días me asaltaba este pensamiento y una sensación incómoda mientras miraba a un grupo de niños jugando, chicos de apenas 5 o 6 años. La competencia, además, estaba pura y exclusivamente impulsada por los adultos. Vi como de a poco la diversión y las risas se fueron apagando a medida que las reglas se adueñaban de la escena, dando lugar a la fría medición y al abandono del instante en pos de medir el futuro inmediato.

¿Con qué fin impulsamos la competencia?
Hace unos dos años en este mismo blog la psicóloga Daniela Ferazzini nos recordaba "la necesidad indispensable de que un niño juegue por puro placer, sin ningún otro objetivo o meta que el mismo jugar". El juego es aprendizaje, es liberación, es simbolismo, es construcción, es magia, es el lenguaje mismo de la niñez. ¿Por qué necesitamos apagarlo, guiarlo, medirlo, controlarlo? Nuestro afán de control sobre la infancia llega a veces a límites absurdos.

Tuve el privilegio de intercambiar sobre el tema en las redes sociales y rescato, con permiso de las autoras, algunas reflexiones de mucha riqueza.

Alicia Stolkiner, reconocida Lic. en Psicología, Diplomada además en Salud Pública, considera que hay una diferencia entre rivalidad y competencia. "La rivalidad es un dispositivo de las subjetividad, la competencia es una captura de ese dispositivo en una lógica, si se quiere, mercantil. Allí se transforma en una lucha en la que lo colectivo queda precluido por la necesidad de éxito individual". Difícil enseñar valores comunitarios si fomentamos el éxito personal, individual, por sobre el colectivo, ¿no creen? Algo que no me parece un tema menor.

Cuenta, además, Alicia: "Cuando llevaba a mis hijos a jugar fútbol me parecían increíbles algunos padres que no dejaban disfrutar el juego por la forma en que violentaban a sus hijos para que ganen". Quizás sea hora de revisar qué valores deportivos fomentamos en nuestros niños.

Por su parte, la Psicóloga Clínica Ivana Raschkovan afirma que "la capacidad para la preocupación por el otro de la que tanto se ocupó Winnicott se construye en el encuentro con el otro. El respeto por el semejante debe reconocerlo en su individualidad y diferencia. Continuamente veo niños en el consultorio en los que su subjetividad ha sido arrasada en pos de criar niños para el mercado productivo. Niños que pasan ocho horas por día en la escuela y luego deben continuar actividades extraescolares para convertirse en sujetos productivos y "competentes". Me pregunto cuánto lugar hay en estos niños para el desear y para el jugar por el mero placer que el jugar despierta. No me sorprende que un niño capturado por esta lógica de discurso quede atrapado en un juego competitivo donde el par se vuelve un "oponente". Y esta lógica binaria y oposicionista sin lugar a dudas es en detrimento del placer y de la capacidad lúdica".

Buscando alternativas a esta lógica competitiva
¿Queremos realmente seres humanos que vean al otro como un oponente a quien ganarle o sacarle ventaja? ¿O queremos, por el contrario (y espero que compartan), una sociedad donde la comunidad prevalezca, donde los valores compartidos apunten a la cooperación y la solidaridad? No estamos viendo que el juego competitivo extremo atenta contra esto. ¿Por qué mejor no brindar más horas de juego libre, más disfrute, más espacios cooperativos, más juegos con reglas inventadas por ellos mismos, más actividades centradas en el compartir?

Ya lo decía Maria Montessori: "Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz, la gente educa para la competencia y este es el principio de cualquier guerra. Cuando eduquemos para cooperar y ser solidarios unos con otros, ese día estaremos educando para la paz".

martes, 10 de mayo de 2016

10 pautas para criar a un niño pequeño


Sobre crianza hay mucho escrito. Trato de leer bastante, anotar cosas, discutirlas, pensarlas. Hay muchas teorías opuestas y complementarias, incluso algunas terminan siendo “adiestramientos” disfrazados.
Cuando mi hijo tenía 2 años pensé estas 10 pautas sobre crianza. Las seguí, las sigo y me han traído grandes satisfacciones. Hoy las comparto con ustedes.
1. Limitemos el uso del NO. Como dice Carlos González, quien más autoridad tiene, menos prohíbe. Limitando el uso del “no” logramos mayor efectividad y nos obligamos a buscar otros recursos. Además, es una palabra demasiado abstracta para esta edad y, por lo tanto, innecesaria en muchas ocasiones. Busquemos como decir NO de uan manera positiva. En lugar de "no se toca el televisor" podríamos decir "podés jugar con esta caja, el televisor se rompe". Recordemos también que es fundamental anticipar (avisar con tiempo qué cosas sí se pueden y cuáles no, dónde vamos a ir, etc) y acondicionar los espacios para que sean aptos para que los niños puedan moverse con libertad.
2. Demos más libertades y fomentemos la autonomía. Dar a los niños libertad de movimientos y permitirles hacer cosas por sí mismos es una excelente forma de fomentar su autonomía. Si quieren conocer más sobre el tema libertad de movimiento les recomiendo leer a Emmi Pikler. Acá les dejo un video. Este punto viene de la mano con el anterior, creemos espacios acordes a la edad del niño y estaremos ayudándolo a que pueda desplazarse, correr, jugar, etc.
3. Hablemos siempre con la verdad. Esto no siempre es fácil, pero estoy convencida de que los chicos necesitan que pongamos en palabras la realidad que los rodea. Aun cuando creamos que es demasiado dura o incomprensible. Una muerte, una separación, un mal día. Siempre con palabras que puedan entender y con presencia y paciencia. La confianza se construye todos los días.
4. Pongámonos en su lugar: la empatía. “No hagas al otro lo que no te gusta que te hagan”. Tan simple como eso. Los métodos que no son aceptables entre adultos tampoco lo son para los chicos. Algo que desde nuestra mirada podría parecer insignificante puede ser un mundo para tu hijo. No subestimemos sus emociones y estaremos enseñándole respeto por el otro, amor incondicional y paciencia. Un mundo mejor empieza por cuidarnos entre todos.
5. Compartamos más: que ellos también sean protagonistas. Para los chicos es fundamental sentirse valorados. El sentido de pertenencia es uno de los fundamentos de una buena salud psicológica (por eso los castigos que apartan a los chicos son tan desaconsejados). Es buena idea incluirlos en las tareas domésticas, a modo de juego. Dejemos que cocinen, limpien y "ayuden". Aprovechemos que a edades tempranas esto les divierte y estaremos enseñando habilidades y responsabilidades para el futuro. Compartamos buenos hábitos, como cepillarnos los dientes. No olvidemos que el ejemplo es el mejor modo de influir en ellos.
6. No juzguemos ni etiquetemos. Como dice Dorothy C. Briggs, separemos el comportamiento (y los sentimientos) de la persona. Un mal comportamiento no significa un “nene malo”. Hay que buscar el origen de ese mal comportamiento (el sentimiento que lo provoca) y resolverlo. De este modo nos enfocamos en el futuro y no en el error (pasado). También evitemos etiquetar: “es inquieto”, “es bueno”, “es sociable”. Todas estas etiquetas hacen que la gente se frustre cuando algo se sale del camino.
7. Hablemos siempre con respeto. Para ser personas respetuosas, los chicos necesitan haber sido educados con respeto. No hay mucha ciencia, uno aprende lo que vive. ¿Verdad? Aun cuando estemos en desacuerdo con su comportamiento o necesitemos “retarlo” que sea siempre con respeto y buenos modos.
8. Demostremos cariño incondicional. Algunos pueden pensar que es una obviedad, pero sentirse amado (a pesar de todo) es otro de los pilares de una fuerte autoestima, la base fundante de una persona segura y feliz. El amor se demuestra de muchos modos y tiene que estar presente aún en los peores momentos (por ejemplo, cuando estemos furiosos). Dice Rosa Jové “quiéreme cuando menos lo merezca porque será cuando más lo necesite”.
9. Promovamos la autorregulación (autodisciplina). Esto se logra con tiempo y paciencia, pero ya a esta corta edad se pueden ver resultados y es algo muy inspirador. Les dejo este video de la psicóloga Yolanda González sobre la autorregulación.
10. Escuchemos y seamos flexibles. Observemos, preguntemos, no demos nada por sentado. Conductas que podríamos tildar de "caprichos" de pronto cobran sentido si nos detenemos unos segundos a ver qué está pasando. ¿Qué sentimiento provocó esas palabras o acciones? ¿El niño está cansado y es su forma de expresarlo? ¿Puede ser que esté pidiendo atención de una forma "negativa"? Tengamos la absoluta certeza de que todas las acciones de los niños provienen de necesidades genuinas. A veces la situación puede ser agotadora, claro, pero son pequeñas personas aprendiendo y creciendo. Tengamos paciencia. Somos nosotros los que deberíamos tener millones de recursos. Y si no los tenemos, los aprendemos. El ritmo de vida muchas veces conspira contra esto, pero ser flexibles y aprender de los errores nos ayuda a ser mejores madres y padres cada día.
¿Qué piensan de estas 10 pautas? ¿Cuáles son sus criterios para criar?
Esta es una nueva versión de un antiguo post de mi blog en Infobae.com

¿Por qué es necesario dar explicaciones a los niños?

 
Hoy comparto con ustedes un texto pequeño sobre la importancia de hablar con nuestros niños, decirles siempre la verdad, adelantarnos a las situaciones y jamás irnos sin antes despedirnos. Su autora es la psicóloga argentina Alba Pozo.

“Año 1985. Yo era mamá y psicóloga… ( lo sigo siendo). Hacía ocho años que me había recibido y me estaba especializando en psicoanálisis de niños. Leía a Freud, a Ana Freud, a Melanie Klein, a Lacan, a… Pero con todas estas teorías en mi cabeza, creo que era el corazón, sobre todo, el que me indicaba que había que explicarle TANTAS cosas a esa niñita hermosa de casi tres años, que me miraba con esos ojos inteligentes de uvita chinche. Le explicaba, le anticipaba si me iba a trabajar, si iba a salir , con quién se iba a quedar en mi ausencia. A dónde íbamos si salíamos a pasear, si al doctor, o a la casa de alguien. Ella esperaba, necesitaba, pedía esas explicaciones y entendía todo. Y cuando quería preguntaba y preguntaba…
 
Todos los niños necesitan que se les explique, que se les adelanten las situaciones que van a vivir: ir al médico, a la escuela, a otra casa, a la plaza. Si fallece un familiar o amigo, hay que buscar las palabras, simples, pero ofrecérselas. Hasta si tenemos un mal día y estamos de mal humor podemos explicar y hasta disculparnos, si corresponde. Los niños no son objetos que desplazamos. Son personas y entienden muy bien si somos claros con ellos. Explicar, aclarar, responder preguntas: son otras de las formas del respeto y del amor.”


Alba L. Pozo es Lic. en Psicología (UBA) y cuenta con 38 años años de experiencia en la atención psicológica de familias, parejas, niños, adolescentes y adultos.
Este post perteneció originalmente a mi blog de Infobae.com

domingo, 21 de febrero de 2016

La Comunicación No Violenta aplicada a la crianza


¿Qué es la Comunicación No Violenta (CNV)? La CNV (o comunicación empática) es un modelo de psicología de la comunicación desarrollado por Marshall Rosenberg que tiene como fin lograr que las personas se comuniquen de manera clara y empática, evitando el lenguaje evaluativo que etiqueta en lugar de expresar y entender.

La CNV busca encontrar una manera de que todos los involucrados obtengan lo que es importante para ellos sin recurrir a la culpa, la humillación, la vergüenza, la coerción o las amenazas. Resulta muy útil para resolver conflictos, conectarse con los demás y vivir de una manera más consciente.

Podemos utilizar los principios de la CNV para mejorar la comunicación en cualquier ámbito de nuestras vidas, ¿por qué no tomarlos como base para generar intercambios respetuosos dentro de nuestra familia?


Quisiera destacar 3 puntos clave:
  • En la CNV las necesidades no son caprichos: se trata de identificar las necesidades y las emociones que subyacen a toda acción. Esta cuestión es fundamental como base de la crianza respetuosa y se puede aplicar a las relaciones tanto con los niños como con otros adultos. Validar las necesidades y acciones de los demás nos permite comunicarnos desde la empatía y el respeto, buscando soluciones y dejando de lado discusiones, castigos y otras formas nocivas de relacionarnos.
  • Otra clave: no tratemos de discutir con una persona enojada, sólo escuchémosla. Una vez que hayamos entendido sus sentimientos y necesidades y hayamos mostrado que lo escuchamos sin juzgar, puede que esté listo para escucharnos. Si hablamos de niños muy pequeños a veces simplemente se trata de ponernos a su altura y esperar, u ofrecer un abrazo.
  • La técnica básica es conectarse primero emocionalmente para identificar las necesidades de cada uno, luego buscar una solución. Ir directamente a la resolución del problema casi siempre deja a la persona con el sentimiento de que no fue escuchada.

Entonces, ¿cómo se aplica la CNV? Vamos a centrarnos en sus 4 pasos: observaciones, sentimientos, necesidades y peticiones. 

1. Expresá observaciones (hechos concretos). Buscá que sean verdaderas observaciones objetivas. Por ejemplo, “veo ropa tirada en tu cuarto” es un hecho observado, mientras que “tu cuarto es un chiquero” es una evaluación. Los demás no siempre concuerdan sobre las evaluaciones porque pueden valorar las cosas de manera diferente, pero los hechos concretos proporcionan un terreno común para empezar a hablar.

2. Planteá el sentimiento que este hecho te provoca. Nombrar la emoción sin juzgar te permite conectarte de manera respetuosa y cooperativa. Por ejemplo, “mañana tenés un examen y veo que andás paseando de un lado a otro de la casa (observación), ¿estás nervioso?” o “veo que son las 5 de la mañana y recién llegás a casa, esto me produce miedo". No siempre los sentimientos son fáciles de expresar con palabras, hagamos un esfuerzo de introspección.

3. Formulá la necesidad que produce ese sentimiento. Cuando nuestras necesidades son satisfechas, somos felices, y cuando no, experimentamos frustración. Si logramos identificar el sentimiento es más fácil localizar la necesidad oculta. Por ejemplo, “veo que no me mirás cuando te hablo (observación), me siento incómodo (sentimiento), necesito que me mires para poder conversar (necesidad)". 

4. Hacé una petición concreta para satisfacer esa necesidad. Pedí clara y específicamente lo que querés en este momento, en lugar de ir con rodeos o indicar solamente lo que no querés. Por ejemplo, “no dijiste nada en los últimos 10 minutos (observación), ¿estás aburrido? (sentimiento)." Si la otra persona respondiera que sí, podríamos compartir los propios sentimientos y proponer una acción concreta: “bueno, yo también estoy aburrido, ¿por qué no vamos a la plaza?". Para que la petición sea realmente un pedido (y no una orden) es necesario permitir que la otra persona diga que no y/o proponga otras opciones.

Un ejemplo completo para los cuatro pasos sería: “Veo que... Siento... porque necesito... ¿Por qué no probamos....? O para la otra persona: "Veo que... ¿Sentís que... porque necesitas...? ¿Te gustaría que yo...?

Este simple modelo de comunicación puede ser usado entre adultos y con niños desde muy temprana edad, y es especialmente útil para relacionarnos con adolescentes.

Recordemos lo importante: expresar observaciones, identificar sentimientos y necesidades, escuchar sin juzgar, proponer una solución, nunca recurrir a las amenazas, al miedo, a la coerción ni a juicios que avergüencen al otro.

¿Pensás que podrías aplicar estos principios en tu casa? ¿Ya los conocías? Si tenés dudas dejame tu comentario, escribime a criandopensamientos@gmail.com o contactame a través de Facebook.

miércoles, 17 de febrero de 2016

"Mi hijo no me hace caso": Límites, crianza y obediencia.


Un tema que, sin duda, desvela a padres y madres. Por algún motivo la obediencia infantil en el siglo XXI sigue siendo un gran imperativo y el "hacer caso" una conducta deseable y positiva.

¿Es hora de cambiar de paradigma? ¿Podemos pensar la crianza desde otro ángulo? Sobre este tema consultamos a dos psicólogas argentinas especializadas en infancia y crianza: Ivana Raschkovan y Carolina Mora.

¿Cómo abordamos el tema de los famosos "límites" con los niños?
Carolina: Los límites existen, la realidad por si misma los impone. Es imposible hacer todo lo que queremos, tanto para los niños como para los adultos, el transcurrir mismo nos va presentando distintas situaciones donde se nos impone un límite. Ahora bien, como adultos es nuestra responsabilidad durante la crianza transmitir esos límites, comunicarlos en un lenguaje accesible y acorde a la edad del niño, de forma tal que poco a poco, vayan siendo internalizados.
Ivana: Una de las consultas habituales de los padres en los encuentros de crianza con niños pequeños suele ser la comunicación de los límites. “Le digo que no lo haga, me mira y lo hace igual” es una frase recurrente que muchas veces conduce a interpretar ese comportamiento como rebeldía o desafío. ¿Es así? ¿Se trata de una verdadera desobediencia? El sentido que imprimamos a este comportamiento dependerá de cuál sea nuestra concepción de niño y como entendamos los límites. Los niños necesitan de nuestra guía y orientación para conocer el mundo, para aprender cuáles son los comportamientos socialmente aceptables y cuáles no lo son. Ningún chico nace sabiendo esto, no se trata de un conocimiento innato sino de un saber hacer que se construye a partir de la experiencia. Los padres oficiamos como portavoces de la cultura, somos un pedazo de mundo, representantes para el niño de la sociedad. Y como tales somos los encargados de transmitirles además de amor y cuidado, ciertos límites y comportamientos sociales.
¿Y cómo podemos encarar el tema de otro modo?
Si en lugar de pasivizar al niño lo integramos en este proceso como un sujeto activo en la construcción del límite, veremos que se trata de eso, de algo a construir. Si el adulto se impone por la fuerza sacando provecho de su tamaño e intentando dominar al niño mediante retos y castigos, tal vez consiga cierta obediencia pero a costa de infundir miedo y sometimiento. El niño "hace caso" (si es que lo hace) no porque haya aprendido verdaderamente sino por temor a recibir represalias. Los límites no pueden imponerse ni tampoco un chico puede adquirirlos por sí solo. La construcción de los límites consiste en un proceso interno, trabajoso y duradero, pero que paradójicamente se produce afuera del niño, en el "entre", en el encuentro intersubjetivo con los adultos de referencia. Hablar de los límites no es solamente decir que NO, es matizar, ofrecer condiciones de posibilidad, es construir un entramado espacio-temporal. 

¿Cuáles son los desafíos a la hora de construir estas normas juntos en familia?
Ivana: Creo que uno de los mayores desafíos actualmente para la construcción de los límites es el tiempo que deben pasar muchas mamás y papás fuera de su casa. Para poder favorecer este proceso, se necesita de tiempo compartido, juegos (no hay aprendizaje verdadero en la infancia que no pase necesariamente por el jugar) y por sobre todo mucha paciencia. Hace falta que un otro humano esté presente, disponible; son aprendizajes que no pueden darse frente a una pantalla. Entonces, ¿cómo se construye el límite? Jugando, practicando, insistiendo, hablando pero siempre de manera amable y empática. Basta con decirlo amablemente y repetirlo todas las veces que sea necesario, no hay razón para gritar o castigar. Para aprender algo, es inevitable repetirlo muchas veces. Ni los chicos ni los grandes aprendemos a la primera. Es condición que se repita para poder internalizarlo. Si un niño agarra algo que no debe, el error es nuestro por haberlo dejado a su alcance. Si ya lo agarró, podemos explicarle amablemente que eso no debía estar a su alcance y simplemente lo ponemos en un sitio donde el niño no pueda llegar. Seguido a esto podemos ofrecer otra cosa con la que sí pueda jugar. Desviar su atención hacia otra cosa es como decir: con esto no se puede, pero con esto sí. 
Carolina: ¿Cómo comunicar límites acompañando respetuosamente la frustración que esto provoca en el niño? Este es, en sí mismo, el más grande desafío. Frustración que por un lado, se expresa en el enojo del niño, en la rabia por no poder hacer/tener aquello que desea; por otro lado y no menos importante, la frustración que como padres/cuidadores nos genera el tener que lidiar con el enojo del niño. Como adultos tenemos que aprender a tolerar la frustración de los niños, acompañar sus enojos poniendo en palabras comprensibles y sencillas que a pesar de que la realidad impone un límite, nosotros estamos allí para quererlos y contenerlos. Devolver abrazos donde hay patadas, palabras de cariño donde surgen los gritos, ofrecer la calma donde aparece el desborde les permitirá tomar de nosotros las herramientas para en un futuro, aprender a regular sus emociones de forma autónoma y saludable.  
¿Por qué se confunde tanto la crianza respetuosa con la permisividad?
Ivana: Suele confundirse la noción de criar respetuosamente con la ausencia de límites. Yo suelo decir que es todo lo contrario. El respeto hacia el niño no es dejarlo hacer cualquier cosa, sino que de lo que se trata es del modo en que nos dirigimos a él; decir que NO es inevitable y necesario en la crianza, pero podemos hacerlo mediante gritos o enojos, o con amabilidad y paciencia.
 
Carolina: Vivimos en una sociedad aultocéntrica, donde se ha generalizado y lamentablemente naturalizado que la única forma de poner límites es castigando a los niños, ya sea con penitencias, gritos y hasta con golpes. Es alarmante la cantidad de personas que justifican la violencia como forma de enseñanza. Entonces, en este contexto, hablar de respeto hacia el niño, de hablarle amorosamente pero con firmeza, aún cuando no se esté comportando como los adultos esperamos, es interpretado como permisividad. Realmente es una idea revolucionaria la de la crianza respetuosa, entender que para ayudar al niño a calmarse primero debemos mantenernos en calma nosotros, saber que cuando queremos enseñar podemos hacerlo desde el vínculo, pasando tiempo con nuestros niños y sobre todo que mucho de lo que le enseñamos es a través de nuestras propias acciones. Si gritamos con frecuencia aprenderán a usar los gritos para comunicarse, si les castigamos físicamente o verbalmente, adoptarán esa forma de víncularse; en cambio si reciben un trato amoroso, límites claros y firmes, tiempo compartido, les estamos regalando recursos para toda la vida.

Ivana Raschkovan es Psicóloga Clínica, docente de la Facultad de Psicología (Universidad de Buenos Aires), integrante de equipo de investigación de proyecto UBACyT, Coordinadora Institucional de APRIN Psicología, Coordinadora de Crianza Infantil, psicoanalista de niños y adolescentes, coordinadora de grupos de crianza y de talleres mama-bebé. Brinda charlas a instituciones educativas y consultas de orientación a padres. 
ivana@aprinpsicologia.com.ar 
www.crianzainfantil.com
www.aprinpsicologia.com.ar

Carolina Mora es Lic. en Psicología especializada en psicología perinatal, prevención, lactancia materna, teoría del apego, neurobiología del nacimiento y crianza. También es Doula (Paramana Doula) y miembro de la Red de Psicólogas acompañando la crianza respetuosa.

viernes, 22 de enero de 2016

¿Qué pasa cuando los adultos de la pareja tienen diferentes estilos de crianza?

Foto: She Knows

¿Qué pasa cuando los adultos de la pareja tienen diferentes estilos de crianza? ¿Qué pasa cuando ante un mismo hecho su reacción es totalmente opuesta? ¿Hay modo de conciliar? ¿Podemos evitar entrar en conflicto permanente por cuestiones referidas a la crianza de los hijos?

Se trata de un problema sin duda muy sensible que afecta a miles de hogares y por el cual decidimos consultar a Mariela Cacciola, Psicóloga especializada en Primera Infancia y Crianza.

Mariela, ¿qué pasa cuando los adultos tienen diferentes estilos parentales frente a la crianza de los niños? Es un tema muy recurrente en las consultas que llegan a nuestra página y a nuestro grupo de Facebook. 
MC: Es un muy buen tema para pensar. Surge en todos los talleres. Los diferentes modos de crianza en la pareja. Que inevitablemente están en relación a los modos en los que cada uno fue criado y en la capacidad de cada uno de cuestionarse y no simplemente repetir el modo. El modo de crianza propio está tan arraigado que hace que no sea simple modificarlo a quien no esté dispuesto a hacerlo. Es inevitable que esto traiga conflictos en la pareja, no solo si fueron criados diferentes sino cuando uno sí está dispuesto al cambio y el otro no.

¿Y cómo encontramos un equilibrio?
MC: Para resolver esto en principio debemos apostar a la comunicación, poder conversar, reflexionar juntos que es lo que quieren para sus hijos y su familia. Poder establecer ciertos criterios y ponerse de acuerdo. Esto es lo fundamental, el diálogo. Pero si esto no ocurre, algo que siempre menciono en los talleres es que los chicos van aprendiendo los modos de cada uno y que pueden hacer con cada uno. Muchas veces nos han trasmitido que tenemos que tener un único criterio frente a ellos. Que mamá y papá se tiene que poner de acuerdo, y “bajar una sola línea”. Obviamente esto es lo ideal en ciertos temas pero no en todos.

¿Entonces cómo procedemos ante un tema en el cual no logramos ponernos de acuerdo?
MC: Lo fundamental es cuando están ambos juntos frente al niño no desautorizar al otro. A veces no se ponen de acuerdo, cada uno tiene sus propios criterios, mamá, papá, la abuela o la señorita en el jardín, se diferencian en sus modos y permisos. Ellos van a aprendiendo que pueden hacer con cada uno y que no. Ellos van aprendiendo la modalidad de cada uno. Si es necesario se le puede aclarar, mamá te deja hacer esto, papá no, o al revés. Ellos aprenden, supongamos que mamá es más respetuosa y da explicación a cada cosa que hacen, y papá no, simplemente dice no y no explica más, ellos van a asimilar esas diferencias y sabrán que esperar de cada uno. Esto más para lo cotidiano, reitero, que en las cuestiones más importantes lo ideal es poder ponerse de acuerdo, tanto para el beneficio de los niños como para la pareja.

¿Y si notamos que las diferencias son irreconciliables?
MC: Si no se pueden escuchar ni conciliar, consultar con alguien que pueda generar un espacio para que puedan escucharse y llegar a un acuerdo.

¡Muchas gracias Mariela!

Las palabras claves, entonces, parecen ser dialogar, escuchar, conciliar, respetar, cuestionar. ¿Nos cuestionamos lo suficientemente a menudo el modo en que fuimos criados? No dudemos del cariño y dedicación de nuestros padres, pero sí permitámosnos reconocer que hoy día la información es mayor y el avance de las neurociencias ha modificado algunas creencias antiguamente muy arraigadas.

Dediquemos tiempo a conversar entre adultos, a leer juntos y escucharnos. Y si las diferencias nos acorralan, pidamos ayuda. Ayuda profesional, quizás, o simplemente apoyo en otros padres y madres que buscan encontrar ese equilibrio y esa paz tan necesaria. Porque la paz la construimos entre todos, desde el hogar.

Lic. Mariela Cacciola (MN 34.904)
Lic. en Psicología (UBA). Formación en Psicología Perinatal con Ibone Olza (Terra Mater España) y Alicia Oiberman (UBA). Capacitada en Primera Infancia y Crianza. Coordinadora del espacio Dulce Crianza. Atención clínica a niños y adultos. Orientación a madres y padres. Asesoramiento a instituciones escolares de nivel inicial y primario. Consultorio en Villa Devoto (CABA) y atención mediante Videollamada (Skype).
Teléfono de contacto: (5411)-5954-9790. Correo electrónico: dulcecrianza@gmail.com

martes, 26 de mayo de 2015

Poner límites o informar de los límites

Foto: Kambrosis

Los siguientes párrafos son parte del texto Poner límites o informar de los límites. El amor después de la etapa primal. Cuando se cambian las órdenes por la información y la complacencia, de Casilda Rodrigáñez Bustos, publicado por La Mimosa en noviembre 2005.


Con frecuencia oímos decir que los padres y las madres tenemos que saber poner límites a nuestr@s hij@s; que tenemos que aprender cuándo, cómo y por qué debemos hacerlo.
Este sin duda es uno de los dilemas más peliagudos con el que nos encontramos todas y todos los que queremos criar y socializar a las criaturas que hemos parido para que sean felices.
En mi caso, la respuesta la encontré en el libro de Françoise Dolto, La cause des enfants. Según Dolto, las madres y los padres subestiman las capacidades y cualidades (inteligencia, sensibilidad, capacidad de discernimiento, sentido común, responsabilidad, instinto de supervivencia y sentido del cuidado de sí mismas, capacidad de iniciativa, etc.) de las criaturas en general, y las tratan como si fueran incapaces por sí mismas de sentir, de pensar, de evaluar las circunstancias de una situación dada, o de tomar la más mínima decisión.

La diferencia entre dar INFORMACIÓN y dar ORDENES es crucial; Dolto pone un ejemplo que me parece muy ilustrativo: a un japonés que aterrizara en nuestra ciudad no le daríamos órdenes de lo que debe hacer, visitar, etc. sino que le daríamos la información necesaria para que se pudiera desenvolver por la ciudad (cómo funcionan los transportes públicos, los sitios donde dan de comer mejor y 
más barato, etc.), o sobre las cosas interesantes que podría visitar, etc. ¿Por qué no tenemos la misma actitud con las criaturas que con el visitante extranjero?
Para contestar a la pregunta, hay que tener en cuenta el segundo aspecto al que me he referido antes: la prepotencia adulta.
La actitud con las criaturas es diferente no sólo porque como hemos dicho antes, subestimamos sus capacidades, sino también porque tenemos inconscientemente interiorizado que estamos por encima de ellas, que somos sus superiores y ellas son nuestras subordinadas.

Somos prepotentes con la infancia en el sentido literal de la palabra: pre-potentes, tenemos el Poder previo, un Poder fáctico –el dinero, los medios- sobre todas sus actividades cotidianas; y podemos obligarlas por las buenas o por la malas, para que hagan cada día las cosas con las prioridades y de la manera que unilateralmente decidimos.
Debido a esta interiorización, todos los días sin darnos cuenta, le damos cuerda a estas supuestas incapacidades de l@s niñ@s que justifican nuestra superioridad, y no somos capaces de romper el círculo vicioso y la dinámica social, ni nos planteamos otra posible relación con ell@s; no se nos ocurre tratarlas como al japonés del ejemplo: como seres humanos a los que hay que ayudar a conocer el funcionamiento del mundo en el que han aterrizado.
Por eso a l@s niñ@s, por lo general, no se les informa de los pormenores de la economía familiar, de las obligaciones y dificultades de las personas adultas –“no son cosas de niños”, se dice-, y de las limitaciones de todo tipo a las que estamos sujetas. Y por lo mismo, ni se nos ocurre ponernos a analizar conjuntamente las posibilidades de ampliar esos límites, movidas por el afán de complacerles en sus deseos.
Sin embargo, las criaturas están perfectamente capacitadas para aprender a moverse en su entorno sin riesgo; y como es la actitud autoritaria lo que bloquea el desenvolvimiento natural de sus capacidades, cuanto antes se cambie de actitud, antes y mejor aprenderá a moverse de forma autónoma en su medio y a hacerse responsable de sus circunstancias.

En cualquier caso, en mi opinión, siempre es posible mantener el amor complaciente después de la etapa primal. Porque el amor complaciente es un hecho totalmente independiente de los límites que haya, por muy desgraciados que éstos sean.
Es algo muy simple; se trata de que, ante cualquier límite que se oponga a los deseos de nuestra criatura, nos situemos incondicionalmente del lado de sus deseos; y en lugar de considerarlos meros caprichos improcedentes, los analicemos honesta y sinceramente con ella, junto con todos los factores que intervienen en la situación, para después tomar una decisión conjuntamente.
Si analizamos con un poco detenimiento lo que significa situarnos sin más del lado de los límites, ordenándolas directamente lo que tienen que hacer, como normalmente suele hacerse, nos daremos cuenta que ahí hay encubierta una gran falta de empatía amorosa, una gran falta de amor verdadero.
Habrá quien diga que a una criatura de dos o tres años no se le puede explicar nada, que no entiende nada. Esto no es cierto. La psicología neonatal ha probado ya que incluso los fetos antes de nacer tienen conciencia, memoria y recuerdos.

Aunque nos parezca que una criatura no entiende, siempre entiende; por lo menos mucho más de lo que nos creemos; y lo cierto es que casi siempre subestimamos su capacidad de comprensión.
Así pues, aunque nos parezca que no nos pueden entender, debemos probar a explicarles la situación conflictiva entre los deseos y los límites; contémosles lo que hay, poniéndonos en su lugar y comprendiendo sus deseos, sintiendo con ellas la frustración.
Tenemos que tener en cuenta que, cuando adoptamos la actitud de ponernos sin más del lado de los límites, sin considerar tan siquiera lo que la criatura quiere, porque tenemos las decisiones ya tomadas, sin dar ocasión para estudiar los márgenes posibles de maniobra, y le vamos soltando a la criatura un ‘no’ tras otro, la criatura lo que percibe es que sus deseos no nos importan; se da cuenta de que ni siquiera han sido contemplados como una posibilidad real; y de algún modo siente que se está yendo sistemáticamente en contra de ella, contra sus deseos; porque a diferencia nuestra, ella todavía sí se identifica con los deseos que le brotan del cuerpo. Ella todavía no está socializada del todo, y todavía es capaz de producir, de reconocer y de identificarse con sus deseos.
Y nosotras, ya desde este mundo, de un plumazo resolvemos la cuestión, impasiblemente, poniéndoles un ‘no’ tras otro, como si estuviéramos poniendo una lavadora tras otra.
Porque es lo que nos toca, supuestamente, como madres, hacer. ¡Qué diferente la perspectiva, si contemplamos sus deseos como la maravillosa vitalidad de sus maravillosos cuerpos!

Sus deseos todavía son el pulso de su vida, lo que alienta su existencia. Por eso la negación de los mismos, aunque no nos demos cuenta, supone una negación de su vida, un cuestionamiento de su existencia; una existencia y unos deseos que debían ser incondicionalmente defendidos y protegidos por la madre y el grupo familiar de la madre.
Ante la evidencia del deseo de complacencia, la criatura no identificará límites y falta de amor, como en cambio sucedería si directamente le damos órdenes como si fuéramos las promotoras de los límites.
Y así la criatura podrá seguir creciendo en el entorno de empatía y amor incondicional que necesita para el desarrollo de su propia capacidad de amar.

Porque aunque tenga que someterse a los límites y a la ordenación social, la criatura se sentirá amada incondicionalmente.

Si hubiera que resumir esta actitud en una palabra, ésta sería COMPLICIDAD.