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domingo, 21 de febrero de 2016

La Comunicación No Violenta aplicada a la crianza


¿Qué es la Comunicación No Violenta (CNV)? La CNV (o comunicación empática) es un modelo de psicología de la comunicación desarrollado por Marshall Rosenberg que tiene como fin lograr que las personas se comuniquen de manera clara y empática, evitando el lenguaje evaluativo que etiqueta en lugar de expresar y entender.

La CNV busca encontrar una manera de que todos los involucrados obtengan lo que es importante para ellos sin recurrir a la culpa, la humillación, la vergüenza, la coerción o las amenazas. Resulta muy útil para resolver conflictos, conectarse con los demás y vivir de una manera más consciente.

Podemos utilizar los principios de la CNV para mejorar la comunicación en cualquier ámbito de nuestras vidas, ¿por qué no tomarlos como base para generar intercambios respetuosos dentro de nuestra familia?


Quisiera destacar 3 puntos clave:
  • En la CNV las necesidades no son caprichos: se trata de identificar las necesidades y las emociones que subyacen a toda acción. Esta cuestión es fundamental como base de la crianza respetuosa y se puede aplicar a las relaciones tanto con los niños como con otros adultos. Validar las necesidades y acciones de los demás nos permite comunicarnos desde la empatía y el respeto, buscando soluciones y dejando de lado discusiones, castigos y otras formas nocivas de relacionarnos.
  • Otra clave: no tratemos de discutir con una persona enojada, sólo escuchémosla. Una vez que hayamos entendido sus sentimientos y necesidades y hayamos mostrado que lo escuchamos sin juzgar, puede que esté listo para escucharnos. Si hablamos de niños muy pequeños a veces simplemente se trata de ponernos a su altura y esperar, u ofrecer un abrazo.
  • La técnica básica es conectarse primero emocionalmente para identificar las necesidades de cada uno, luego buscar una solución. Ir directamente a la resolución del problema casi siempre deja a la persona con el sentimiento de que no fue escuchada.

Entonces, ¿cómo se aplica la CNV? Vamos a centrarnos en sus 4 pasos: observaciones, sentimientos, necesidades y peticiones. 

1. Expresá observaciones (hechos concretos). Buscá que sean verdaderas observaciones objetivas. Por ejemplo, “veo ropa tirada en tu cuarto” es un hecho observado, mientras que “tu cuarto es un chiquero” es una evaluación. Los demás no siempre concuerdan sobre las evaluaciones porque pueden valorar las cosas de manera diferente, pero los hechos concretos proporcionan un terreno común para empezar a hablar.

2. Planteá el sentimiento que este hecho te provoca. Nombrar la emoción sin juzgar te permite conectarte de manera respetuosa y cooperativa. Por ejemplo, “mañana tenés un examen y veo que andás paseando de un lado a otro de la casa (observación), ¿estás nervioso?” o “veo que son las 5 de la mañana y recién llegás a casa, esto me produce miedo". No siempre los sentimientos son fáciles de expresar con palabras, hagamos un esfuerzo de introspección.

3. Formulá la necesidad que produce ese sentimiento. Cuando nuestras necesidades son satisfechas, somos felices, y cuando no, experimentamos frustración. Si logramos identificar el sentimiento es más fácil localizar la necesidad oculta. Por ejemplo, “veo que no me mirás cuando te hablo (observación), me siento incómodo (sentimiento), necesito que me mires para poder conversar (necesidad)". 

4. Hacé una petición concreta para satisfacer esa necesidad. Pedí clara y específicamente lo que querés en este momento, en lugar de ir con rodeos o indicar solamente lo que no querés. Por ejemplo, “no dijiste nada en los últimos 10 minutos (observación), ¿estás aburrido? (sentimiento)." Si la otra persona respondiera que sí, podríamos compartir los propios sentimientos y proponer una acción concreta: “bueno, yo también estoy aburrido, ¿por qué no vamos a la plaza?". Para que la petición sea realmente un pedido (y no una orden) es necesario permitir que la otra persona diga que no y/o proponga otras opciones.

Un ejemplo completo para los cuatro pasos sería: “Veo que... Siento... porque necesito... ¿Por qué no probamos....? O para la otra persona: "Veo que... ¿Sentís que... porque necesitas...? ¿Te gustaría que yo...?

Este simple modelo de comunicación puede ser usado entre adultos y con niños desde muy temprana edad, y es especialmente útil para relacionarnos con adolescentes.

Recordemos lo importante: expresar observaciones, identificar sentimientos y necesidades, escuchar sin juzgar, proponer una solución, nunca recurrir a las amenazas, al miedo, a la coerción ni a juicios que avergüencen al otro.

¿Pensás que podrías aplicar estos principios en tu casa? ¿Ya los conocías? Si tenés dudas dejame tu comentario, escribime a criandopensamientos@gmail.com o contactame a través de Facebook.

miércoles, 17 de febrero de 2016

"Mi hijo no me hace caso": Límites, crianza y obediencia.


Un tema que, sin duda, desvela a padres y madres. Por algún motivo la obediencia infantil en el siglo XXI sigue siendo un gran imperativo y el "hacer caso" una conducta deseable y positiva.

¿Es hora de cambiar de paradigma? ¿Podemos pensar la crianza desde otro ángulo? Sobre este tema consultamos a dos psicólogas argentinas especializadas en infancia y crianza: Ivana Raschkovan y Carolina Mora.

¿Cómo abordamos el tema de los famosos "límites" con los niños?
Carolina: Los límites existen, la realidad por si misma los impone. Es imposible hacer todo lo que queremos, tanto para los niños como para los adultos, el transcurrir mismo nos va presentando distintas situaciones donde se nos impone un límite. Ahora bien, como adultos es nuestra responsabilidad durante la crianza transmitir esos límites, comunicarlos en un lenguaje accesible y acorde a la edad del niño, de forma tal que poco a poco, vayan siendo internalizados.
Ivana: Una de las consultas habituales de los padres en los encuentros de crianza con niños pequeños suele ser la comunicación de los límites. “Le digo que no lo haga, me mira y lo hace igual” es una frase recurrente que muchas veces conduce a interpretar ese comportamiento como rebeldía o desafío. ¿Es así? ¿Se trata de una verdadera desobediencia? El sentido que imprimamos a este comportamiento dependerá de cuál sea nuestra concepción de niño y como entendamos los límites. Los niños necesitan de nuestra guía y orientación para conocer el mundo, para aprender cuáles son los comportamientos socialmente aceptables y cuáles no lo son. Ningún chico nace sabiendo esto, no se trata de un conocimiento innato sino de un saber hacer que se construye a partir de la experiencia. Los padres oficiamos como portavoces de la cultura, somos un pedazo de mundo, representantes para el niño de la sociedad. Y como tales somos los encargados de transmitirles además de amor y cuidado, ciertos límites y comportamientos sociales.
¿Y cómo podemos encarar el tema de otro modo?
Si en lugar de pasivizar al niño lo integramos en este proceso como un sujeto activo en la construcción del límite, veremos que se trata de eso, de algo a construir. Si el adulto se impone por la fuerza sacando provecho de su tamaño e intentando dominar al niño mediante retos y castigos, tal vez consiga cierta obediencia pero a costa de infundir miedo y sometimiento. El niño "hace caso" (si es que lo hace) no porque haya aprendido verdaderamente sino por temor a recibir represalias. Los límites no pueden imponerse ni tampoco un chico puede adquirirlos por sí solo. La construcción de los límites consiste en un proceso interno, trabajoso y duradero, pero que paradójicamente se produce afuera del niño, en el "entre", en el encuentro intersubjetivo con los adultos de referencia. Hablar de los límites no es solamente decir que NO, es matizar, ofrecer condiciones de posibilidad, es construir un entramado espacio-temporal. 

¿Cuáles son los desafíos a la hora de construir estas normas juntos en familia?
Ivana: Creo que uno de los mayores desafíos actualmente para la construcción de los límites es el tiempo que deben pasar muchas mamás y papás fuera de su casa. Para poder favorecer este proceso, se necesita de tiempo compartido, juegos (no hay aprendizaje verdadero en la infancia que no pase necesariamente por el jugar) y por sobre todo mucha paciencia. Hace falta que un otro humano esté presente, disponible; son aprendizajes que no pueden darse frente a una pantalla. Entonces, ¿cómo se construye el límite? Jugando, practicando, insistiendo, hablando pero siempre de manera amable y empática. Basta con decirlo amablemente y repetirlo todas las veces que sea necesario, no hay razón para gritar o castigar. Para aprender algo, es inevitable repetirlo muchas veces. Ni los chicos ni los grandes aprendemos a la primera. Es condición que se repita para poder internalizarlo. Si un niño agarra algo que no debe, el error es nuestro por haberlo dejado a su alcance. Si ya lo agarró, podemos explicarle amablemente que eso no debía estar a su alcance y simplemente lo ponemos en un sitio donde el niño no pueda llegar. Seguido a esto podemos ofrecer otra cosa con la que sí pueda jugar. Desviar su atención hacia otra cosa es como decir: con esto no se puede, pero con esto sí. 
Carolina: ¿Cómo comunicar límites acompañando respetuosamente la frustración que esto provoca en el niño? Este es, en sí mismo, el más grande desafío. Frustración que por un lado, se expresa en el enojo del niño, en la rabia por no poder hacer/tener aquello que desea; por otro lado y no menos importante, la frustración que como padres/cuidadores nos genera el tener que lidiar con el enojo del niño. Como adultos tenemos que aprender a tolerar la frustración de los niños, acompañar sus enojos poniendo en palabras comprensibles y sencillas que a pesar de que la realidad impone un límite, nosotros estamos allí para quererlos y contenerlos. Devolver abrazos donde hay patadas, palabras de cariño donde surgen los gritos, ofrecer la calma donde aparece el desborde les permitirá tomar de nosotros las herramientas para en un futuro, aprender a regular sus emociones de forma autónoma y saludable.  
¿Por qué se confunde tanto la crianza respetuosa con la permisividad?
Ivana: Suele confundirse la noción de criar respetuosamente con la ausencia de límites. Yo suelo decir que es todo lo contrario. El respeto hacia el niño no es dejarlo hacer cualquier cosa, sino que de lo que se trata es del modo en que nos dirigimos a él; decir que NO es inevitable y necesario en la crianza, pero podemos hacerlo mediante gritos o enojos, o con amabilidad y paciencia.
 
Carolina: Vivimos en una sociedad aultocéntrica, donde se ha generalizado y lamentablemente naturalizado que la única forma de poner límites es castigando a los niños, ya sea con penitencias, gritos y hasta con golpes. Es alarmante la cantidad de personas que justifican la violencia como forma de enseñanza. Entonces, en este contexto, hablar de respeto hacia el niño, de hablarle amorosamente pero con firmeza, aún cuando no se esté comportando como los adultos esperamos, es interpretado como permisividad. Realmente es una idea revolucionaria la de la crianza respetuosa, entender que para ayudar al niño a calmarse primero debemos mantenernos en calma nosotros, saber que cuando queremos enseñar podemos hacerlo desde el vínculo, pasando tiempo con nuestros niños y sobre todo que mucho de lo que le enseñamos es a través de nuestras propias acciones. Si gritamos con frecuencia aprenderán a usar los gritos para comunicarse, si les castigamos físicamente o verbalmente, adoptarán esa forma de víncularse; en cambio si reciben un trato amoroso, límites claros y firmes, tiempo compartido, les estamos regalando recursos para toda la vida.

Ivana Raschkovan es Psicóloga Clínica, docente de la Facultad de Psicología (Universidad de Buenos Aires), integrante de equipo de investigación de proyecto UBACyT, Coordinadora Institucional de APRIN Psicología, Coordinadora de Crianza Infantil, psicoanalista de niños y adolescentes, coordinadora de grupos de crianza y de talleres mama-bebé. Brinda charlas a instituciones educativas y consultas de orientación a padres. 
ivana@aprinpsicologia.com.ar 
www.crianzainfantil.com
www.aprinpsicologia.com.ar

Carolina Mora es Lic. en Psicología especializada en psicología perinatal, prevención, lactancia materna, teoría del apego, neurobiología del nacimiento y crianza. También es Doula (Paramana Doula) y miembro de la Red de Psicólogas acompañando la crianza respetuosa.

viernes, 23 de octubre de 2015

10 necesidades básicas de los niños. Por Justine Mol.

Foto: Kambrosis

Este texto es un extracto adaptado del libro Crecer con confianza, de Justine Mol, instructora internacional de comunicación no violenta y madre.

¿Cuáles son las necesidades básicas de nuestros hijos?

1. La necesidad de seguridad: Los niños se sienten seguros cuando saben que sus padres los aman incondicionalmente.

2. La necesidad de autonomía: A los niños les gusta aprender cosas de los adultos, pero sólo cuando ellos quieren. Y también les gusta hacerlo a su manera.

3. La necesidad de autenticidad: Cada niño es único y busca formas de aprender y desarrollarse que encajen con él.

4. La necesidad de reconocimiento: A los adultos nos gusta que nos tengan en cuenta y que nos tomen en serio, y a los niños también.

5. La necesidad de respeto: A los niños les gusta que se respete su autonomía y autenticidad. El respeto no significa dejar que alguien haga siempre lo que se le antoje, sino tener en cuenta a esta persona.

6. La necesidad de empatía: Empatiza con tu hijo escuchándolo con amor, teniéndolo en cuenta y comprendiéndolo. Pero hazlo sin juzgar ni comparar con otras personas.

7. La necesidad de igualdad: Los niños son capaces de descubrir por sí mismos sus cualidades y cómo desean desarrollarlas. Los adultos tenemos que bajar del pedestal y comunicarnos con nuestros hijos de igual a igual.

8. La necesidad de una atención cariñosa: Los niños ansían que sus padres los amen incondicionalmente, hagan lo que hagan. No se conforman con recibir una atención cariñosa cuando han hecho algo bien a nuestros ojos. "Quiéreme cuando menos lo merezca, será cuando más lo necesite".

9. La necesidad de jugar y aprender: A los niños les gusta experimentar y estarán más preparado a hacerlo en los límites que les fijemos si están acostumbrados a que nosotros respetemos los suyos.

10. La necesidad de humor y de goce: Los niños, como los adultos, tienden a fijarse más en alguien cuando esta persona les divierte con una broma, un guiño, una riña amistosa, una risa compartida.

¿Qué opinan? ¿Han comprobado alguna de estas necesidades con sus propios hijos o alumnos?

martes, 26 de mayo de 2015

Poner límites o informar de los límites

Foto: Kambrosis

Los siguientes párrafos son parte del texto Poner límites o informar de los límites. El amor después de la etapa primal. Cuando se cambian las órdenes por la información y la complacencia, de Casilda Rodrigáñez Bustos, publicado por La Mimosa en noviembre 2005.


Con frecuencia oímos decir que los padres y las madres tenemos que saber poner límites a nuestr@s hij@s; que tenemos que aprender cuándo, cómo y por qué debemos hacerlo.
Este sin duda es uno de los dilemas más peliagudos con el que nos encontramos todas y todos los que queremos criar y socializar a las criaturas que hemos parido para que sean felices.
En mi caso, la respuesta la encontré en el libro de Françoise Dolto, La cause des enfants. Según Dolto, las madres y los padres subestiman las capacidades y cualidades (inteligencia, sensibilidad, capacidad de discernimiento, sentido común, responsabilidad, instinto de supervivencia y sentido del cuidado de sí mismas, capacidad de iniciativa, etc.) de las criaturas en general, y las tratan como si fueran incapaces por sí mismas de sentir, de pensar, de evaluar las circunstancias de una situación dada, o de tomar la más mínima decisión.

La diferencia entre dar INFORMACIÓN y dar ORDENES es crucial; Dolto pone un ejemplo que me parece muy ilustrativo: a un japonés que aterrizara en nuestra ciudad no le daríamos órdenes de lo que debe hacer, visitar, etc. sino que le daríamos la información necesaria para que se pudiera desenvolver por la ciudad (cómo funcionan los transportes públicos, los sitios donde dan de comer mejor y 
más barato, etc.), o sobre las cosas interesantes que podría visitar, etc. ¿Por qué no tenemos la misma actitud con las criaturas que con el visitante extranjero?
Para contestar a la pregunta, hay que tener en cuenta el segundo aspecto al que me he referido antes: la prepotencia adulta.
La actitud con las criaturas es diferente no sólo porque como hemos dicho antes, subestimamos sus capacidades, sino también porque tenemos inconscientemente interiorizado que estamos por encima de ellas, que somos sus superiores y ellas son nuestras subordinadas.

Somos prepotentes con la infancia en el sentido literal de la palabra: pre-potentes, tenemos el Poder previo, un Poder fáctico –el dinero, los medios- sobre todas sus actividades cotidianas; y podemos obligarlas por las buenas o por la malas, para que hagan cada día las cosas con las prioridades y de la manera que unilateralmente decidimos.
Debido a esta interiorización, todos los días sin darnos cuenta, le damos cuerda a estas supuestas incapacidades de l@s niñ@s que justifican nuestra superioridad, y no somos capaces de romper el círculo vicioso y la dinámica social, ni nos planteamos otra posible relación con ell@s; no se nos ocurre tratarlas como al japonés del ejemplo: como seres humanos a los que hay que ayudar a conocer el funcionamiento del mundo en el que han aterrizado.
Por eso a l@s niñ@s, por lo general, no se les informa de los pormenores de la economía familiar, de las obligaciones y dificultades de las personas adultas –“no son cosas de niños”, se dice-, y de las limitaciones de todo tipo a las que estamos sujetas. Y por lo mismo, ni se nos ocurre ponernos a analizar conjuntamente las posibilidades de ampliar esos límites, movidas por el afán de complacerles en sus deseos.
Sin embargo, las criaturas están perfectamente capacitadas para aprender a moverse en su entorno sin riesgo; y como es la actitud autoritaria lo que bloquea el desenvolvimiento natural de sus capacidades, cuanto antes se cambie de actitud, antes y mejor aprenderá a moverse de forma autónoma en su medio y a hacerse responsable de sus circunstancias.

En cualquier caso, en mi opinión, siempre es posible mantener el amor complaciente después de la etapa primal. Porque el amor complaciente es un hecho totalmente independiente de los límites que haya, por muy desgraciados que éstos sean.
Es algo muy simple; se trata de que, ante cualquier límite que se oponga a los deseos de nuestra criatura, nos situemos incondicionalmente del lado de sus deseos; y en lugar de considerarlos meros caprichos improcedentes, los analicemos honesta y sinceramente con ella, junto con todos los factores que intervienen en la situación, para después tomar una decisión conjuntamente.
Si analizamos con un poco detenimiento lo que significa situarnos sin más del lado de los límites, ordenándolas directamente lo que tienen que hacer, como normalmente suele hacerse, nos daremos cuenta que ahí hay encubierta una gran falta de empatía amorosa, una gran falta de amor verdadero.
Habrá quien diga que a una criatura de dos o tres años no se le puede explicar nada, que no entiende nada. Esto no es cierto. La psicología neonatal ha probado ya que incluso los fetos antes de nacer tienen conciencia, memoria y recuerdos.

Aunque nos parezca que una criatura no entiende, siempre entiende; por lo menos mucho más de lo que nos creemos; y lo cierto es que casi siempre subestimamos su capacidad de comprensión.
Así pues, aunque nos parezca que no nos pueden entender, debemos probar a explicarles la situación conflictiva entre los deseos y los límites; contémosles lo que hay, poniéndonos en su lugar y comprendiendo sus deseos, sintiendo con ellas la frustración.
Tenemos que tener en cuenta que, cuando adoptamos la actitud de ponernos sin más del lado de los límites, sin considerar tan siquiera lo que la criatura quiere, porque tenemos las decisiones ya tomadas, sin dar ocasión para estudiar los márgenes posibles de maniobra, y le vamos soltando a la criatura un ‘no’ tras otro, la criatura lo que percibe es que sus deseos no nos importan; se da cuenta de que ni siquiera han sido contemplados como una posibilidad real; y de algún modo siente que se está yendo sistemáticamente en contra de ella, contra sus deseos; porque a diferencia nuestra, ella todavía sí se identifica con los deseos que le brotan del cuerpo. Ella todavía no está socializada del todo, y todavía es capaz de producir, de reconocer y de identificarse con sus deseos.
Y nosotras, ya desde este mundo, de un plumazo resolvemos la cuestión, impasiblemente, poniéndoles un ‘no’ tras otro, como si estuviéramos poniendo una lavadora tras otra.
Porque es lo que nos toca, supuestamente, como madres, hacer. ¡Qué diferente la perspectiva, si contemplamos sus deseos como la maravillosa vitalidad de sus maravillosos cuerpos!

Sus deseos todavía son el pulso de su vida, lo que alienta su existencia. Por eso la negación de los mismos, aunque no nos demos cuenta, supone una negación de su vida, un cuestionamiento de su existencia; una existencia y unos deseos que debían ser incondicionalmente defendidos y protegidos por la madre y el grupo familiar de la madre.
Ante la evidencia del deseo de complacencia, la criatura no identificará límites y falta de amor, como en cambio sucedería si directamente le damos órdenes como si fuéramos las promotoras de los límites.
Y así la criatura podrá seguir creciendo en el entorno de empatía y amor incondicional que necesita para el desarrollo de su propia capacidad de amar.

Porque aunque tenga que someterse a los límites y a la ordenación social, la criatura se sentirá amada incondicionalmente.

Si hubiera que resumir esta actitud en una palabra, ésta sería COMPLICIDAD.

domingo, 1 de marzo de 2015

¿Cómo educar sin castigar? Herramientas comunicacionales.


Este post es una adaptación del libro Cómo hablar para que los niños escuchen y cómo escuchar para que los niños hablen de Elaine Mazlish y Adele Faber, quienes escribieron algunos consejos luego de trabajar respetuosamente durante años con numerosas familias.


No se trata de consejos sobre "cómo criar" sino simplemente de herramientas eficaces que nos permitan comunicarnos mejor con nuestros hijos, dándoles el lugar que merecen como miembros de la familia, sin recurrir a patrones autoritarios y obsoletos.

Quiero dejar claro que no considero positivo que un niño deba "obedecer" porque sí y en todo momento. Creo que debemos respetar su individualidad, pero como madre tengo claro que en muchos momentos necesitamos que se comporten de un determinado modo y con válidas razones (hay un peligro, hay que cumplir horarios, hay otras personas a quienes podríamos afectar, etc.).

Es en este sentido que me parece interesante repasar lo que dicen las autoras, a fin de encontrar las alternativas que mejor se adapten a nuestra familia (y, por supuesto, a la edad de nuestros hijos). Los invito a seguir leyendo. Al lado de cada herramienta encontrarán un ejemplo concreto de cómo actuar.

¿Cómo educar sin castigar? Herramientas comunicacionales.

1. Señalar una forma de ser útil: Un niño corre por el supermercado, aburrido y tocando todos los productos. En lugar de decir "Ya vas a ver cuando le cuente a tu padre" le decimos "Si querés ayudar podés poner estas manzanas en la bolsa / buscar las naranjas / ordenar las latas / etc.".

2. Expresar desaprobación (sin juzgar): Misma situación. En lugar de "¡Estás actuando como un salvaje, no te traigo más" decimos "¡No me gusta lo que estás haciendo! No se puede correr en los supermercados, podemos golpear a otra persona".

3. Expresarle tus sentimientos e indicarle lo que esperás de él o ella: "¡Estoy muy enojada/o porque te presté mis herramientas y las dejaste bajo la lluvia, ahora están oxidadas! Yo espero que cuando te presto algo lo devuelvas al mismo lugar donde lo encontraste".

4. Mostrar cómo ayudar o subsanar lo ocurrido: Mismo ejemplo anterior. "Ahora podrías pasarles este producto para quitar el óxido y devolverlas a su lugar".

5. Ofrecerle una elección: Volvemos al supermercado. "Correr no se puede, pero podés elegir entre caminar al lado mío o sentarte dentro del carrito mientras ordenás las cosas".

6. Emprender una acción: En el caso anterior, podemos frenar o retirar al niño, siempre explicando. "Ahora vas a sentarte en el carrito porque hay mucha gente y no se puede correr".

jueves, 8 de enero de 2015

¿Cómo logro que mi hijo coopere en casa sin gritos ni amenazas?


Este post es una adaptación del libro Cómo hablar para que los niños escuchen y cómo escuchar para que los niños hablen de Elaine Mazlish y Adele Faber, quienes escribieron algunos consejos luego de trabajar respetuosamente durante años con numerosas familias.

No se trata de consejos sobre "cómo criar" sino simplemente de tener herramientas eficaces que nos permitan comunicarnos mejor con nuestros hijos, dándoles el lugar que merecen como miembros de la familia, sin recurrir a patrones autoritarios y obsoletos. Los invito a seguir leyendo.

Una de las frustraciones inherentes de la paternidad es la cotidiana lucha para lograr que nuestros hijos colaboren con ciertas tareas domésticas, o bien ordenen sus pertenencias, o hagan sus deberes. Esto se debe a un conflicto de necesidades. ¿Y qué solemos hacer usualmente los padres para lograr colaboración en casa ante determinadas situaciones?

Algunos ejemplos de lo que suele ocurrir: Culpamos y acusamos ("estoy viendo las migas que dejaste en el sillón, siempre te digo lo mismo, ¿por qué nunca me escuchás?"). Usamos calificativos ("dejaste todo desordenado, sos un vago"). Recurrimos a amenazas ("la próxima vez que lo hagas te quedás sin computadora"). Damos órdenes ("acomodá tu cuarto ahora mismo"). Damos discursos y sermones (muy largo como para escribir un ejemplo, ¿verdad?). Los llenamos de advertencias ("te vas a caer/resfriar/quemar/etc."). Hacemos comentarios de mártir ("yo todo el día trabajando y ustedes me hacen esto"). Hacemos comparaciones ("tu hermano a tu edad lo hacía solo"). Usamos sarcasmo ("vos quedate ahí sentado, total no hay nada que me de más felicidad que ordenar todo tu cuarto sola"). Pronosticamos profecías ("si no aprendés eso ahora no lo vas a lograr nunca más").

¿Qué logramos con estos comentarios? ¿Qué sienten los niños? Sienten miedo, recurren a la mentira, sienten desprecio por sí mismos, ganas de desafiarnos, pueden sentirse humillados e incluso afectamos negativamente su autoestima. Nada bueno para lograr colaboración, ¿no creen?

¿Y cómo logramos cooperación real? Las autoras proponen algunas opciones:

1. Describiendo lo que vemos.
2. Dando información.
3. Diciendo todo con una sola palabra.
4. Hablando de nuestros sentimientos.
5. Escribiendo una nota.

1. En vez de: "Tu habitación es una mugre, sos un desordenado" diríamos "Hay ropa tirada y platos sucios en tu cuarto".
2. En vez de "¿Quién dejó afuera de la heladera la leche?"  podría ser "Si la leche está fuera de la heladera se pone fea".
3. En vez de "Te dije mil veces que antes de salir te pongas la campera, hace frío, te vas a resfriar y después quién te cuida, siempre lo mismo" podemos decir simplemente "Campera".
4. En vez de "Te estás portando mal, nunca más te traigo a una fiesta" decimos "Me pone muy nerviosa que corras en ese espacio donde hay tantos peligros, eso me da miedo".
5. Las notas son muy eficaces. Pueden incluir palabras de cariño, chistes y mucho más. Por ejemplo un recordatorio como "Hoy no salí a pasear y quiero ver a mi novia, no te olvides de mí. Firma: Tu perro".

¿Qué piensan de estas opciones? ¿Están dispuestos a probarlas?

viernes, 12 de diciembre de 2014

Educar sin premios ni castigos (por Justine Mol)

Foto: prezi.com

En este post reúno pasajes muy interesantes del libro Crecer con confianza, educar sin castigos ni recompensas, de Justine Mol. Me tomo algunas licencias poéticas para “argentinizarlo” y resumirlo un poco.

Nacida en los Países Bajos, Justine Mol es madre e instructora internacional de “Comunicación No Violenta”. Ha escrito varias obras sobre CNV aplicada a la educación.

Les dejo sus palabras, porque creo que pueden ayudar a muchas familias. Espero que así sea.

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He descubierto que las normas que vienen de arriba, cuando no existe un vínculo respetuoso entre las partes implicadas, sólo se pueden mantener con una continua “política” a base de premios y castigos.

A los niños se les puede poner normas a partir de los 3 años, aunque si las pactamos con ellos yo las llamaría más bien acuerdos.

¿Cómo educar sin castigar? 10 herramientas comunicacionales.

1. Disfrutá de las cosas: Cuando tu hijo hace las sumas bien u ordena su habitación, se siente orgulloso de sí mismo o satisfecho. Este placer aumenta si alguien comparte su alegría. Expresalo con palabras.

2. Laméntense juntos: Una niña que se peleó con una amiga se disgustará aun más si le decís algo como “¿cuándo vas a aprender a tener en cuenta lo que ella quiere?” Podés expresar el sentimiento y lamentarte con ella. La tristeza, como cualquier otra emoción, no es buena ni mala.

3. Expresá tu agradecimiento: Cuando tu hijo haga algo que te agrada decile Gracias. Expresar agradecimiento puede convertirse en un hábito. Nos ayuda a fijarnos en las cosas que enriquecen la vida y es una cálida y feliz alternativa a decirle “Qué bueno sos”.

4. Expresá cómo te sentís: Decile lo que sentís y qué es lo que te gustaría que hiciese empezando el mensaje con la palabra “creo”.

5. Fijate en el efecto que producen las acciones o las palabras de tu hijo: Los adultos sólo nos fijamos en esto cuando un niño molesta a alguien. Hagámoslo también cuándo haga algo bueno. “Mirá la cara de tu amiga porque le diste la mitad de tu galletita. ¡Qué feliz está!”

6. Mostrá interés: Hacelo tanto si tu hijo hace algo “bien” como “mal”. Mostrá interés por el motivo que lo impulsó a hacerlo. Interesate también por el después de un evento. De este modo mostramos interés en la persona, sin juzgar.

7. Sé claro al poner normas: Además, los niños estarán más dispuestos a seguir las normas de conducta si participan en su creación. Hacé que sean conscientes de los efectos que produce su conducta y dales la libertad para desarrollar sus propios valores éticos. Limitá la cantidad de normas que les ponés.

8. Haceles sugerencias: Si expresás tus ideas de cómo te gustaría que se comporten en forma de sugerencia no habrá ninguna razón para castigarlos ni premiarlos.

9. Tené en cuenta sus necesidades: Sea lo que sea que un niño haga o diga, lo hace para satisfacer una necesidad en particular. Un castigo o un premio es el resultado de nuestros juicios de valor e ignora las necesidades de un niño. Observá la necesidad que se esconde en sus palabras o sus acciones.

10. Sé un ejemplo: Los niños buscan formas de ser felices y hacer felices a los demás. Ayudalos a integrarse siendo un ejemplo.


Durante siglos, tanto los padres como los profesores han intentado educar a los niños como soldaditos marchando a sus órdenes. Espero que después de leerlo esto también elijas recurrir menos a los premios y castigos para que cada niños pueda desarrollar su propia manera de ser.

Justine Mol

lunes, 6 de octubre de 2014

10 maneras de guiar a tus hijos sin castigos (por la Dra. Laura Markham)

Foto: Kambrosis

1. Regulá tus propias emociones. Así es como tus hijos aprenden a manejar las suyas. Vos sos su modelo a seguir. No actúes cuando estés enojado. Si no podés ponerte en contacto con tu amor hacia tu hijo entonces pensá ¿qué haría un padre fantástico en este momento? Hacé eso. Si no podés, respirá hondo y esperá hasta que estés calmo antes de hacer frente a la situación. Resistí el impulso de ser punitivo. Siempre resulta contraproducente.


2. Honrá sus sentimientos. Cuando a tu hijo lo invade la adrenalina y las hormonas de "luchar o huir" no puede aprender. En lugar de sermonearlo, quedate con él y dejalo tener su crisis (berrinche) bajo tu mirada atenta. Tu fin es proveer un ambiente calmo para el enojo de tu hijo. Expresar sus emociones con un adulto digno de confianza y atento ayuda a los niños a atravesar esos sentimientos y aprender a auto-calmarse para poder regular sus propias emociones algún día. No trates de razonar con él durante una tormenta emocional. 


3. Recordá cómo aprenden los niños. Considerá el ejemplo de lavarse los dientes. Comenzamos cuando son bebés, les damos el ejemplo lavando nuestros propios dientes, tratamos de hacerlo divertido, gradualmente le vamos dando más responsabilidad y eventualmente lo hacen solos. El mismo principio aplica para enseñarles a decir "gracias", esperar su turno, acordarse de sus pertenencias, hacer la tarea y casi todo lo que se te ocurra. Las rutinas son muy valiosas en parte porque proporcionan el "andamiaje" para que tu hijo aprenda las habilidades básicas y este andamiaje proporciona la estructura. Podrás enojarte porque tu hijo se olvidó la campera otra vez, pero gritar no lo ayuda a recordarlo. 

4. Conectá antes de corregir, y quedate conectado, aún mientras lo guiás, para despertar el deseo de tu hijo de ser mejor. Recordá que los chicos se portan mal cuando se sienten mal acerca de sí mismos y se desconectan de nosotros. Agachate a su nivel y miralo a los ojos: “Estás enojado…Decime lo que necesitás con palabras… ¡no mordiendo!”

5. Poné reglas — pero ponelas con empatía. Por supuesto que tenés que insistir con algunas reglas. Pero también podés reconocer su perspectiva. Cuando los niños se sienten comprendidos, son más capaces de aceptar tus reglas. “¡No se muerde! Estás muy muy enojado y dolido, pero tenés que hablar con tus hermanos.”

6. Recordá que todas las "malas conductas" son expresiones, aunque quizás equivocadas, de una necesidad legítima. Él tiene una razón, aun cuando a vos te parezca que no es buena. ¿Su conducta es terrible? Entonces él se debe sentir terrible. ¿Necesita dormir más, más tiempo con vos, más tiempo libre, más tiempo para liberar esas emociones contenidas? Si atendemos la necesidad subyacente se elimina el "mal comportamiento".

7. Decí que SÍ. Los chicos harán casi cualquier cosa que les pidas si lo pedís con amor. Encontrá una manera de decir SÍ en lugar de NO aun mientras ponés reglas. "SÍ, es hora de limpiar, y SÍ, te voy a ayudar, y SÍ, podés quejarte, y SÍ, si nos apuramos podemos leer otro cuento más, y SÍ, lo podemos hacer divertido, y SÍ, te adoro, y SÍ, ¿cómo me volví tan afortunada/o de ser tu mamá/papá?” Tu hijo responderá con la misma generosidad y espíritu.

8. Conectate con un momento especial, todos los días. Apagá el teléfono, apagá la computadora, y decile a tus hijos “Ok, soy todo suyo por los próximos 20 minutos. ¿Qué hacemos?” Seguiles la corrientes. El mundo está lleno de humillación para los niños, así que por 20 minutos sólo sé un tonto y dejalos ganar. Las risas liberan miedos reprimidos y ansiedad, así que asegurate de jugar, reír, ser tonto. Hagan una pelea de almohadas. Luchen. Dejalos que te digan qué piensan, quejarse o llorar. Simplemente aceptá sus sentimientos. Dales un 100% de presencia. Los chicos que saben que pueden contar con un tiempo especial diario con sus padres florecen porque pueden confiar lo suficiente como para expresar todas sus emociones, y QUIEREN portarse bien.

9. Perdonate a vos mismo. No podés ser un padre inspirado si te sentís mal con vos mismo, así como tus hijos no pueden actuar "bien" si se sienten mal consigo mismos. Siempre podés reparar la relación. Empezá hoy.

10. Cuando todo lo demás falle, date a vos mismo un gran abrazo. Después dale a tus hijos un gran abrazo. La conexión triunfa sobre todo lo demás en lo que a crianza respecta.

¿No lo creés? Probalo esta semana y fijate qué tipo de milagro podés hacer.

Dra. Laura Markham


Traducción libre de Criando Pensamientos. Artículo original aquí.

sábado, 23 de agosto de 2014

Por qué elijo educar sin castigar


Estaba navegando por ahí y encontré la siguiente frase: “Es abuso cualquier comportamiento encaminado a controlar y subyugar a otro ser humano mediante el recurso al miedo y la humillación, y valiéndose de ataques físicos o verbales.” (Susan Forward, terapeuta y conferenciante). Inmediatamente pensé en los castigos.

Hace tiempo que vengo leyendo sobre el tema y cada día me convenzo más de que castigar a los chicos es un ejercicio de prepotencia, como dice el Dr. Carlos González. Dicha sea la verdad, son muchas las veces que los padres nos sobrepasamos, gritamos y hacemos cosas que no nos gustan. Pero siempre hay tiempo para tomarse cinco minutos y pensar. ¿Podemos hacerlo de otro modo? 

En este sentido les recomiendo Parenting without punishing (crianza sin castigos) de Norm Lee (online y en español); Crecer con confianza, educar sin castigos ni recompensas de Justine Mol; Creciendo juntos, de la infancia a la adolescencia con cariño y respeto de Carlos González; El niño feliz de Dorothy Corkille Briggs; La crianza feliz de Rosa Jové, entre otros.

En Parenting without punishing, una publicación gratuita de Norm Lee, se habla de una investigación llevada a cabo en Estados Unidos sobre violencia familiar. Los resultados demostraron que más del 95% de las personas habían sido golpeados, cacheteados y humillados de otras maneras durante la niñez, experimentando el horror y el trauma de ser atacados por aquellos adultos de quienes no tenían otra opción que depender para sobrevivir y tener amor y protección. No creo que los resultados hubiesen sido muy distintos en Argentina. Hagamos un poco de introspección y memoria.

Norm Lee dice: "La primera objeción al castigo es que no funciona. Que no sirve a nuestro propósito de "reformar" al niño, pues aunque el comportamiento externo pudiera cambiar temporalmente para evitar el castigo, la humillación es internalizada, sólo para resurgir más tarde. El castigo empeora las cosas casi sin excepción, sin importar que sea o no aparente inmediatamente. (...) La mayor parte de la gente cree en la efectividad del castigo porque brinda una apariencia de control. Pero al reprimir la hostilidad, impulsa la mentira, el engaño y la hipocresía y cosas aún peores."

El hecho es que vivimos en un mundo violento y plagado de disfuncionalidad familiar, ¿por qué no analizar las causas y condicionamientos que surgen en infancia misma?

Continua Lee (y yo comparto su visión): "Creemos en los valores tradicionales de la familia: La honestidad, responsabilidad, gentileza, respeto, valor, libertad, paciencia y auto-confianza. (...) Creemos en la auto-disciplina, tanto para padres como para niños." 

QUÉ ES LO QUE PROVOCA EL CASTIGO EN LOS NIÑOS

1. Le enseña que la violencia y la intimidación es el camino para lograr el poder, el control, respeto y madurez.


2. Produce sentimientos de ira y resentimiento. 


3. Hace que el niño se sienta culpable y desvalorizado, minando su autoestima. (sobre la importancia de la autoestima como base psicológica de todo ser humano leer El niño feliz).


4. Impide que el niño pueda madurar y aceptar su responsabilidad.

5. Mata la espontaneidad, el humor, la buena voluntad y la alegría de la niñez.

6. Disminuye su capacidad y habilidad de amar.

7. Ata psicológicamente al niño a la persona que lo castiga en un círculo vicioso que destruye su independencia y rompe su espíritu.

8. Daña el valor y la confianza, produciendo timidez y cobardía.

9. Induce el temor y la ansiedad, generalmente de por vida.

10. Priva al niño de la experiencia de la libertad y del derecho a una niñez feliz.

En Crecer con confianza, de Justine Mol, la autora menciona: "En un sistema de premios y castigos, los niños en lugar de cooperar, vivir en perfecta armonía y respetar a los demás, aprenden sobre la dominación: la persona con mayor poder es la que corta el bacalao y al resto no le queda más remedio que pasar por el aro o rebelarse." Para criar personas seguras de sí mismas debemos prescindir de los castigos.

Por su lado, el Carlos González en su libro más reciente retoma el mismo tema y es bastante categórico: "El castigo es completamente innecesario para la educación de los hijos. (...) Por desgracia, a todo el mundo le gusta las soluciones fáciles y rápidas que las que requieren tiempo y esfuerzo. (...) La palabra castigo se inventó para no llamarlo por su verdadero nombre: venganza."

¿Y cuáles son las alternativas? Muchas. ¿Se necesita paciencia? Seguramente. Y cambiar los patrones bajo los cuales venimos siendo criados (en la mayoría de los casos). Fomentar el diálogo, escuchar activamente, poner reglas claras que se consensúen en familia, respetar los sentimientos y pensamientos de nuestros hijos (aun cuando no estemos de acuerdo), preferir siempre la autoridad democrática u horizontal, confiar en nuestros instintos y en los chicos mismos. Les recomiendo los libros que cité al comienzo. Es un camino que vale la pena comenzar a transitar. ¿Ustedes qué piensan?