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lunes, 23 de mayo de 2016

Reflexiones sobre la competencia y el juego libre



¿Tiene sentido la competencia?
Si un grupo de niños juega compitiendo y en lugar de disfrutar el juego está midiendo continuamente el mejor modo de sacar ventaja para "ganar", perdiendo de vista el instante, el simple hecho de jugar... ¿Ese juego sigue siendo productivo, libre, feliz?

Hace unos días me asaltaba este pensamiento y una sensación incómoda mientras miraba a un grupo de niños jugando, chicos de apenas 5 o 6 años. La competencia, además, estaba pura y exclusivamente impulsada por los adultos. Vi como de a poco la diversión y las risas se fueron apagando a medida que las reglas se adueñaban de la escena, dando lugar a la fría medición y al abandono del instante en pos de medir el futuro inmediato.

¿Con qué fin impulsamos la competencia?
Hace unos dos años en este mismo blog la psicóloga Daniela Ferazzini nos recordaba "la necesidad indispensable de que un niño juegue por puro placer, sin ningún otro objetivo o meta que el mismo jugar". El juego es aprendizaje, es liberación, es simbolismo, es construcción, es magia, es el lenguaje mismo de la niñez. ¿Por qué necesitamos apagarlo, guiarlo, medirlo, controlarlo? Nuestro afán de control sobre la infancia llega a veces a límites absurdos.

Tuve el privilegio de intercambiar sobre el tema en las redes sociales y rescato, con permiso de las autoras, algunas reflexiones de mucha riqueza.

Alicia Stolkiner, reconocida Lic. en Psicología, Diplomada además en Salud Pública, considera que hay una diferencia entre rivalidad y competencia. "La rivalidad es un dispositivo de las subjetividad, la competencia es una captura de ese dispositivo en una lógica, si se quiere, mercantil. Allí se transforma en una lucha en la que lo colectivo queda precluido por la necesidad de éxito individual". Difícil enseñar valores comunitarios si fomentamos el éxito personal, individual, por sobre el colectivo, ¿no creen? Algo que no me parece un tema menor.

Cuenta, además, Alicia: "Cuando llevaba a mis hijos a jugar fútbol me parecían increíbles algunos padres que no dejaban disfrutar el juego por la forma en que violentaban a sus hijos para que ganen". Quizás sea hora de revisar qué valores deportivos fomentamos en nuestros niños.

Por su parte, la Psicóloga Clínica Ivana Raschkovan afirma que "la capacidad para la preocupación por el otro de la que tanto se ocupó Winnicott se construye en el encuentro con el otro. El respeto por el semejante debe reconocerlo en su individualidad y diferencia. Continuamente veo niños en el consultorio en los que su subjetividad ha sido arrasada en pos de criar niños para el mercado productivo. Niños que pasan ocho horas por día en la escuela y luego deben continuar actividades extraescolares para convertirse en sujetos productivos y "competentes". Me pregunto cuánto lugar hay en estos niños para el desear y para el jugar por el mero placer que el jugar despierta. No me sorprende que un niño capturado por esta lógica de discurso quede atrapado en un juego competitivo donde el par se vuelve un "oponente". Y esta lógica binaria y oposicionista sin lugar a dudas es en detrimento del placer y de la capacidad lúdica".

Buscando alternativas a esta lógica competitiva
¿Queremos realmente seres humanos que vean al otro como un oponente a quien ganarle o sacarle ventaja? ¿O queremos, por el contrario (y espero que compartan), una sociedad donde la comunidad prevalezca, donde los valores compartidos apunten a la cooperación y la solidaridad? No estamos viendo que el juego competitivo extremo atenta contra esto. ¿Por qué mejor no brindar más horas de juego libre, más disfrute, más espacios cooperativos, más juegos con reglas inventadas por ellos mismos, más actividades centradas en el compartir?

Ya lo decía Maria Montessori: "Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz, la gente educa para la competencia y este es el principio de cualquier guerra. Cuando eduquemos para cooperar y ser solidarios unos con otros, ese día estaremos educando para la paz".

sábado, 26 de marzo de 2016

Ivana Raschkovan: "Como sociedad tenemos una gran deuda hacia la infancia"

Foto: Propiedad de Ivana Raschkovan

Ivana, muchas gracias por tu tiempo y por tener ganas de compartir tu experiencia profesional y maternal con nosotros. ¿Sentís que la maternidad te cambió la perspectiva como psicóloga? ¿En qué aspectos?
La experiencia de la maternidad me atravesó de múltiples maneras y una de ellas es sin dudas desde mi rol profesional. Como primer medida me condujo a interrogar y cuestionar ciertos discursos sociales o mitos acerca de los niños y de la crianza, que hasta ese momento ni sabía que existían. Nunca me los había cuestionado simplemente porque desde mi perspectiva profesional no me resultaban visibles e incluso sin darme cuenta contribuía a perpetuarlos.
¿Cambiaste de opinión o enriqueciste tu mirada sobre algún tema?
¡Uf, sobre muchos! Casi todo el edificio conceptual tuvo que ser sometido a revisión al abrirse ante mí un nuevo universo respecto de lo que implica el vínculo de una mamá y su bebé. Sentí la necesidad de estudiar más sobre lactancia, fisiología, neurociencias, psicomotricidad. Acompañar a mi hijo en su desarrollo me condujo a querer aprender sobre muchas cosas que antes no me resultaban tan esenciales. Esto indudablemente enriqueció mi mirada como psicoanalista y, sobre todo, al encontrarme durante esa búsqueda con la crianza respetuosa. Este encuentro marcó un verdadero acontecimiento en mi formación profesional

¿Cómo son tus encuentros de crianza? ¿Qué es lo más enriquecedor de ellos?
En los encuentros de crianza participan papás y mamás con sus bebés. Es un espacio de intercambio donde se habla sobre temas referidos a la crianza, se plantean preguntas, se comparten miedos y las experiencias de cada familia. En nuestra sociedad actual y en ciudades como Buenos Aires, criar a los hijos se ha vuelto una tarea muy solitaria y nos encontramos con muchas mamás que suelen sentirse encerradas y solas en la crianza. Desde mi punto de vista esto es lo más enriquecedor de los encuentros, la posibilidad de que las mamás y también los papás, se encuentren con otros a quienes les suceden cosas parecidas. Lo que intentamos desde nuestra posición profesional es no bajar una línea ni dar “consejos” prefabricados, porque confiamos y creemos en el saber que trae cada familia. Nuestra principal función es la de brindar una matriz de apoyo a los padres, facilitar información, contener y sostener lo que cada familia elige. ¿Quiénes somos nosotras para decirle a una mamá o a un papá cómo debe criar a su hijo? Fomentar el encuentro de madres y padres con otros a los que les suceden las mismas cosas ya de por sí  es muy enriquecedor.

Los padres solemos hacer muchas preguntas de crianza a los psicólogos. ¿Cómo es tu acercamiento a estos temas?
Mi funcióncomo profesional, tanto en los encuentros como en las consultas sobre crianza, creo que tiene que ver con acompañar, sostener a los padres, pensar con ellos y muchas veces ayudarlos a ayudar a sus hijos. Incluso es algo que también trabajo mucho en los tratamientos terapéuticos con niños. Atender a un niño, brindar tratamiento psicoterapéutico implica la mayoría de las veces un trabajo con el chico y con la familia. Nunca para juzgar ni mucho menos para decirle a una mamá o a un papá lo que debe hacer, sino para entender juntos qué le sucede a su hijo e intentar ayudarlo. El objetivo es que luego de un tiempo de trabajo, ese niño o esa familia ya no me necesite más. Acompaño mientras sea necesario, una vez que el trabajo terapéutico está hecho, considero que hasta puede ser perjudicial extender el tratamiento.

¿Hay temas prefieras evitar?
Intento en lo posible evitar lo que no me compete profesionalmente. No por evitar ciertos temas, sino por no estar formada para hablar sobre eso. Muchas veces me consultan por temas que no son para ser abordados en una consulta psicológica, mi intervención en esos casos consiste en acompañar y orientar a la familia hacia un profesional de otra disciplina como una puericultora o el pediatra. Para eso estamos armando una Red Interdisciplinaria de Profesionales a favor de la Crianza Respetuosa, porque necesitamos contar con profesionales de distintas disciplinas.

¿Qué cosa es fundamental no dejar de lado al hablar de crianza con las familias?
Para mí siempre es importante no perder de vista el respeto hacia el niño como sujeto de derechos, así como tambien resulta esencial hablar de las necesidades afectivas de los bebés y los niños. Vivimos en una época en la cual los discursos culturales promueven el desapego, se reivindica la individualidad y la independencia, a veces, a cualquier precio. Creo que como sociedad tenemos una gran deuda hacia la infancia, de ofrecerle un lugar y un cuidado diferente. Muchos de nosotros crecimos en familias adultocéntricas, en las cuales lo infantil quedaba relegado a algo menor y sin importancia. No creo que se trate tampoco, como sostienen algunos autores, de volvernos bebecéntricos porque entonces estaríamos descuidando las necesidades y los deseos de cada mamá y papá. En todo caso considero que se trata de conciliar, de cuidar el vínculo y a cada integrante del mismo. Plantear la crianza en términos de adultocentrismo o bebecentrismo nos confronta con las limitaciones propias de las oposiciones binarias. Creo que debemos superar esas diferencias oposicionales para no caer en reduccionismos unilaterales.

Te definís a favor de la crianza con apego o crianza respetuosa. ¿Quiénes serían tus referentes?
Yo suelo preferir hablar de crianza respetuosa más que de crianza con apego, porque la noción de crianza con apego no me parece precisa, resulta ambigua y redundante. Todos criamos con apego, sólo que hay distintos tipos de apego según la teoría que lleva su nombre. En cambio, hablar de crianza respetuosa creo tiene que ver con una posición ética por parte del adulto, que reconoce al niño como otro diferente y que merece el mismo respeto que cualquier ser humano. Es difícil nombrar referentes porque hay muchas publicaciones de crianza que tienen una posición a mi gusto demasiado radical y considero que el problema al oponerse es que corren el riesgo de volverse tan fundamentalistas y extremas como aquello que buscan cuestionar. Pienso que bajar una línea y decirle a una madre o a un padre lo que tiene que hacer o cómo debe criar a su hijo, no es ser respetuoso de la singularidad, del deseo y de la idiosincrasia de cada familia. Alguien a quien admiro y respeto mucho por su posición es al Dr. Carlos González (pediatra español), creo que además de saber mucho sobre pediatría y crianza, tiene un modo muy amable de dirigirse a los padres y a los niños. Por otro lado, admiro profundamente al pediatra psicoanalista Donald Winnicott, creo que es un claro exponente de que es posible hacer un psicoanálisis respetuoso: respetuoso de los procesos madurativos el niño y de los padres que conforman el ambiente (facilitador o no) en el cual se encuentra inmerso.

Foto: Propiedad de Ivana Raschkovan


Ivana Raschkovan es Psicóloga Clínica, docente de la Facultad de Psicología (Universidad de Buenos Aires), integrante de equipo de investigación de proyecto UBACyT, Coordinadora Institucional de APRIN Psicología, Coordinadora de Crianza Infantil, psicoanalista de niños y adolescentes, coordinadora de grupos de crianza y de talleres mama-bebé. Brinda charlas a instituciones educativas y consultas de orientación a padres.  ivana@aprinpsicologia.com.ar 
www.crianzainfantil.com
www.aprinpsicologia.com.ar 

sábado, 19 de marzo de 2016

Estar en brazos de mamá, una necesidad


Durante los primeros meses luego del nacimiento, si todo anda bien, el bebé experimenta una vivencia de fusión con la madre, que consiste en un estado de indiferenciación entre ambos. No hay diferencia yo/no-yo, no hay separación entre los cuerpos; el niño literalmente habita en el cuerpo materno.
A este proceso se lo denomina exterogestación: el bebé se encuentra fuera del útero pero requiere de cuidados similares a los que recibía dentro de la panza de su mamá.  Necesita del contacto constante con ella. Por esta misma razón la mayoría de los bebés lloran si se los acuesta solos en su cuna y muchas veces se despiertan cuando se los separa de los brazos.
Es la mamá (o quien cumpla dicha función) quien permitirá con sus cuidados que el niño pueda soportar ese estado de dependencia absoluta del que parte al comienzo de la vida y que conduce a que pueda constituirse como un ser diferente de la madre.
Esta individuación será el resultado de un complejo proceso de maduración que le permitirá convertirse en un ser autónomo. Sólo a través de este proceso un chico puede llegar a conformarse como un individuo con una independencia relativa respecto de su madre, dependiendo de ella cada vez menos a lo largo de su desarrollo.
No obstante, recorrer este camino requiere de un tiempo y de ciertas condiciones necesarias provistas por el entorno. Si ese estado primario de fusión al cuerpo materno se ve obstaculizado o separado precozmente, el niño se verá impelido a desarrollar mecanismos defensivos para soportar ese estado de no integración debido a su inmadurez.
 Un bebé que pide por su mamá cuando un extraño lo alza, no lo hace porque es “mamengo”. Simplemente se trata de que ese niño aún no está preparado para soportar por mucho tiempo la distancia con el cuerpo de su madre.
Es muy común ver cómo el pequeño, cuando comienza a explorar el mundo, necesita retornar después de cierto tiempo (que resulta cada vez más prolongado) a refusionarse con su mamá para luego poder volver a seguir explorando.
Si no ofrecemos condiciones para que se establezca ese contacto y ese deambular, no estamos siendo respetuosos y facilitadores de ese proceso.
Una buena unión es necesaria para luego poder separarse y ser seres independientes. Si esa fusión primaria se ve interferida, nos encontraremos con niños inseguros y temerosos, o en el peor de los casos, con individuos desapegados y emocionalmente inestables.
* Lic. Ivana Raschkovan. Psicóloga clínica. Docente de la Facultad de Psicología (Universidad de Buenos Aires), Cátedra Clínica de Niños y adolescentes; facebook.com/CrianzaInfantil.
 Fuente: Clarín