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martes, 10 de mayo de 2016

#SerMadres nos cambia la vida


A pesar del famoso saber popular que reza que la maternidad te cambia la vida; yo solía ser arrogante. Era de esas que pensaban que cualquiera puede ser madre, que no es algo especial, que el embarazo es natural y sencillísimo y que iba a poder con todo. Embarazada de 8 semanas, me fui de viaje sin pensarlo demasiado. “Estar embarazada no es estar enferma”, me había dicho el obstetra.
Incluso volví del viaje con ese mismo sentimiento omnipotente y me fui sola (claro, si yo no necesitaba a nadie) a la primer ecografía. No les miento: en el fondo estaba aterrada. Pero algo pasó en ese consultorio. La ecógrafa me revisó, me dijo que todo andaba bien y me preguntó: ¿querés escuchar su corazón? Entonces encendió el sonido y un ritmo maravilloso invadió el consultorio, que hasta ese momento no era otra cosa que una habitación blanca y estéril. Y fue uno de esos momentos bisagra que se graban en cada fibra de tu cuerpo y te desarman. Sentí que mi mundo conocido colapsaba y que las lágrimas me ganaban y caían, casi ajenas. Esa yo, autosuficiente, profesional, responsable, control freak y no sé cuántas cosas más, estaba llorando de emoción. Algo impensado e incontrolable. La ecógrafa me dejó sola, me dijo que me tome el tiempo que quiera y cerró la puerta.
Ahí nos encontramos: mi nueva yo y el corazón de mi bebé. El mejor sonido del universo concentrado en un repiqueteo mínimo, constante, hermoso. La evidencia de la vida, una verdad concreta y crudamente real. Y lloré de emoción, alegría, pánico y amor. Lloré porque me di cuenta de que ya no era la misma. Lloré porque supe que ahora ese corazón iba a ser parte de mí para siempre. Lloré porque entendí que no estaba embarazada, sino que iba a ser mamá.
Dicen que la maternidad te cambia la vida. Claro que te cambia la vida. Menos mal que te cambia la vida.

Este post perteneció originalmente a mi blog en Infobae.com

lunes, 7 de julio de 2014

Convertirse en madre


A veces es muy duro convertirse en madre.
Sí: vale la pena.
Sí: es la experiencia más poderosa que puede llegar a vivir una... mujer.
Sí: nada te marca tanto como el momento en que sostienes por fin en brazos al hijo que acaba de salir de ti, deliciosamente sucio, húmedo, caliente, y te mira a los ojos como diciendo: te conozco.
Pero es duro.

Y no sólo se trata de la falta de sueño, de las secuelas del parto, de los cuidados que demanda un recién nacido (¡tan pequeñito y tan exigente!), ni siquiera del cóctel de hormonas que te deja turuleta hasta varias semanas después. 

Tampoco la falta de experiencia y la incertidumbre acerca de si lo estás haciendo bien o no, ni las propias dudas y comentarios de familiares bienintencionados pero que no hacen sino disparar tu propia inseguridad, tu miedo.
Es bastante más que eso. Es la ruptura total y repentina con tu propia identidad, con aquello que hasta el momento de parir te había definido: tus proyectos, tus ambiciones, tu trabajo, tus amigos, tu cuerpo, y todo aquello que llamabas tuyo. Tu tiempo. Tu vida.

Es mirarte al espejo mientras tu criaturita está prendada a tu pecho, y no reconocerte.
¿En qué momento te convertiste en esta mujer ojerosa que no tiene un minuto ni para darse una ducha? ¿Quién es ella? ¿Quién eres ahora?
Sigues siendo tú, sólo que una versión más grande de ti misma. Pero al principio no lo sabes. Al principio no te encuentras. No hay nada que logre vincular esta nueva vida tuya de cambios de pañal, tetadas a deshoras y canciones de cuna, con aquella otra vida que parece tan remota, aquella en la que ibas y venías a tu antojo, disponías de tu tiempo y te pertenecías.

Porque, claro, todo tu ser es ahora para otro. Y ese otro se está alimentando de ti, no sólo de tu leche, sino también de tus caricias, de tus canciones, de tus palabras, de tu calor. Y el tiempo pasa, desde luego que pasa. Llegará el momento en el que, sin darte cuenta casi, las tomas se acorten y las horas de sueño nocturno se alarguen. Tu bebé aprenderá a sostener la cabeza, luego a darse la vuelta, luego a gatear. El día menos pensado te regalará una sonrisa y pensarás que todo el esfuerzo ha sido poco. Un día te dirá mamá. Lo verás correr en el parque, subirse solo al tobogán, jugar con otros niños, garabatear las primeras letras que te mostrará orgulloso. Y por nada del mundo querrás cambiarte por esa otra que eras, y que tan poco sabía acerca del amor.



Vivian Watson Molina
(Fuente: Una Nueva Maternidad de la Editorial Ob Stare)